En
Tal vez vaya a llover nomás, se dijo al cerrar la
puerta.
Ya estaba adentro.
El viejo había soportado con tranquilidad las
miradas de los vecinos ocultos tras las ventanas, como siempre, observándolo.
Un rato antes, mientras mateaba en la vereda, recordó la época en que la
situación comenzó a complicarse y cómo, a pesar de todo, decidió seguir
adelante con su costumbre. Tiempo después se enteró, porque alguien se animó a
contarle, que en el barrio corrían rumores sobre su proceder. Él sonreía por
dentro y continuaba la rutina de pasar sus tardecitas en la vereda, con medio
cigarrillo al final, aunque tosiera y sintiera a los pulmones salírseles, qué
carajo me importa, rezongaba cuando podía dejar de toser. Trataba, eso sí,
mientras los minutos y las horas transcurrían ahí afuera, de no tener muy a la
vista la radio en la que, si bien con interferencias e intervalos de silencio,
aún lograba escuchar a veces unos buenos tangos.
Esa tarde, ya dentro de la casa, se acordó de
cuando, todavía pibe, los padres lo llevaron a vivir allí, en ese barrio que él
se empecinaba en seguir llamando Villa Martelli. Un barrio que, a pesar de los
sucesos acaecidos en el país y en el mundo, parecía conservar cierto aire de
otros tiempos, aunque cada vez se parecía más y más a los otros, concluyó.
De pronto una imagen se le cruzó y le trajo a la
memoria un cumpleaños, no estaba muy seguro, el de los doce quizá. Sí, los
doce. Podía ser. Esa vez los padres, después de ahorrar peso tras peso, habían
logrado comprarle la bicicleta. No era nueva como él deseaba, pero sí realmente
muy azul, el azul de sus sueños de entonces. Los chicos de ahora no tienen
tanta suerte, las calles de hoy deben extrañar las bicicletas y los saltos y
las risas y tantas otras cosas, pensó mientras se servía un poco de agua
fresca, por suerte le quedaba un poco y decidió terminarla. Luego, al apoyar el
vaso en la mesada, observó el polvo acumulado sobre el televisor, pero no lo
prendió en esa ocasión tampoco, total, se dijo, sólo transmiten los mensajes
que ellos quieren, siempre los mismos, una y otra vez, como si hicieran falta
para seguir ocultando lo que pasa. Encima no soportaba esa música que
transmitían cuando las palabras cesaban. Además, quizá después de todo el
aparato ya ni funcionara.
Más o menos durante el horario fijado, cenó lo
que le correspondía por ser sábado y luego, en el baño, orinó con algún dolor,
se arregló un poco la ropa y el pelo y se dispuso para salir.
Unas cinco cuadras lo separaban del lugar en el
que cumplía funciones de sereno o algo así. Esa noche había salido algo más
temprano y, al cruzar como siempre la plaza, decidió sentarse un rato. Eligió
uno de los pocos bancos en condiciones y contempló, a través de las sombras,
los yuyales que habían ido ocupando el lugar. El sitio de los juegos para los
chicos convertido, en qué, en qué se ha convertido este lugar, se preguntó el
viejo a lo mejor con cierta nostalgia. Intentó después imaginar un día de sol y
gente paseando por allí. Lo consiguió con esfuerzo, pero bien pronto la imagen
desapareció de su mente. Algo disgustado con él mismo, con su ya pobre cabeza
que no iba ni para atrás ni para adelante, como solía decir de tanto en tanto,
retomó su camino. Llegó sin novedad y así se lo hizo saber al que lo esperaba,
otro viejo como él, al que debía reemplazar y que nunca le había caído del todo
bien.
Cuando lo llevaron por primera vez a aquel sitio,
recordó, ellos le dijeron que se trataba de un depósito muy importante y que
debía cuidarlo. Él no preguntó nada, para qué, sabía que no le contestarían o,
a lo sumo, le hubieran mentido.
Sus noches empezaron a transcurrir en un cuarto
pequeño y gris, sin ventanas, con unas fotos en las paredes que evitaba mirar.
También había allí adentro un olor al que nunca logró acostumbrarse. El
mobiliario consistía en una silla no muy deteriorada y en el suelo un teléfono
que sonaba muy de vez en cuando, aunque al atender nadie respondía.
Nunca dormía mucho, pero esa noche no durmió
nada.
Lo reemplazaron a la hora correspondiente.
Volvía a su casa, ya de madrugada, y ya casi
llegaba cuando de pronto se cruzó con un tipo y en la esquina siguiente tuvo un
presentimiento y luego, al percibir desde el pasillo el olor, el presentimiento
se convirtió en certeza y, vinieron, pensó con fatiga, vinieron al fin, yo
sabía o al menos me lo imaginaba, murmuró. Y al entrar en la cocina hubo mucho
más que el olor. Una taza sucia volcada sobre la mesada, el peine junto a la
taza, los frascos abiertos de unas pastillas que él tomaba, las pastillas por
todos lados, el televisor encendido, la radio en un rincón alejado, las pilas a
un costado. Y en el piso, en medio de un charco de agua, vio la yerba derramada.
Todavía molesto por esos mensajes que le habían
dejado, tanto que no había podido dejar de insultarlos aunque la respiración se
le complicaba, lo sobresaltó el sonido del teléfono y dudó en atender, hacía
mucho que no sonaba, ni siquiera creía que funcionara, pero cuando al fin
atendió se tranquilizó enseguida, al reconocer la voz de su gran amigo de toda
la vida, devenido en cura, que le dijo que tratara de entender, que no podía
seguir haciendo esas locuras, escuchame, ya no sos aquel joven de antes. Agregó
que habían ido a la parroquia y que como quien no quiere la cosa le habían
preguntado por él, que ya debía callar, no puedo seguir hablando, pero vos
haceme caso y dejate de hacer macanas, dijo, y cortó.
El día pasó lento, pesado no solamente por el calor
y la humedad. La inquietud persistía más allá del clima. Tal vez por ser
domingo, ya por la tarde se le ocurrió buscar el banderín de su querido club de
toda la vida. Le costó encontrarlo, tanto tiempo hacía que lo había escondido
en el galponcito del fondo. Pero al fin lo ubicó entre unos libros, y mientras
lo agitaba dulcemente de sus labios salió como una plegaria alguno de los
cantos que la hinchada solía repetir desde la tribuna, mientras saltaba, la
hinchada saltaba y gritaba y cantaba, ahora parecía mentira tanta pasión en
aquella época. Luego, ocultó el banderín entre sus ropas y se estuvo un rato
largo sin hacer nada, ahí parado, con calor en el cuerpo también.
Al caer la tarde, salió a la vereda y se acomodó
nomás en la silla. Miró alrededor. Cuando se sirvió el primer mate lo alzó y,
haciéndolo más visible para los vecinos, brindó con una sonrisa, mientras en la
radio, la clandestina, comenzaban a sonar los compases de “La última”. “Ya no
puedo equivocarme, sos la última moneda que me queda por jugar,…”. Qué tangazo,
murmuró el viejo.
Ellos no tardaron mucho. Los oyó entre el
silencio de las calles vacías. Después, pero no mucho después, los vio aparecer
al doblar la esquina. Él siguió sentado y los miró acercarse. Detrás de los que
caminaban avanzaba el vehículo. Al viejo le pareció que una niebla envolvía la
escena, pero debo ser yo que ya confundo todo, no hay caso con esta pobre
cabeza mía que ya no funciona, se dijo. Entonces suspiró, entornó los ojos. Ya
sin tiempo para el medio cigarrillo, su boca se aferró a la bombilla y con un
placer infinito, escuchó ese ruidito tan familiar, el de la última chupada, ese
que avisa que llegó el final.
Mario Capasso nació el 9 de Marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo.
(Dedicado a Jorge Herralde)
Por: Pablo Paniagua
La otra
mañana, a eso de las seis, me desperté con esta pregunta en la cabeza: ¿Qué
pasaría si Franz Kafka viviera ahora, siendo un total desconocido, e intentara
buscar un editor? Esta pregunta, sin duda, nace de la afirmación de un amigo
que dice: “Los grandes escritores del siglo XX serían rechazados hoy en todas
las editoriales, por lo menos en las de España.”
Un modesto escritor, llamado
Franz Kafka, dormía acurrucado en un colchón cubierto con un par de mantas. Era
viernes y no había ido a trabajar porque estaba enfermo, tenía una incipiente
bronquitis y no paraba de toser. Ya desde pequeño su salud se demostró bastante
frágil, sobre todo en las vías pulmonares, y ahora, por ser invierno, era
proclive a enfermarse con facilidad. Entre el compás de su forzada respiración
de pronto escuchó el timbre de la puerta, por lo que se levantó casi tiritando,
con una manta sobre los hombros, para ver quién llamaba con tanta insistencia.
Al abrir, pudo comprobar que era la señora encargada de limpiar la escalera
que, en sus manos, traía una carta con membrete.
–Esto estaba encima de los buzones, señor Kafka. Es para
usted –dijo la señora.
–Gracias –dijo al recibirla.
–Y cuídese, que no le veo muy bien –añadió antes de irse, a
modo de despedida.
Franz Kafka miró el remitente y vio que se trataba de la
editorial Adiagrama (la del prestigioso editor Juan Iturralde), sita en la
ciudad de Barcelona. Hacía justo dos meses les envió un original, sin ser un
ejemplar solicitado, y le extrañó que le contestaran con tal prontitud. Con la
emoción casi se olvidó del frío, de su malestar y de la tos, pensando que
podían haber aceptado su novela. Abrió el sobre y extrajo una carta que decía:
28/02/2007
Estimado Franz Kafka,
Sentimos comunicarle que, debido al exceso de títulos
contratados, nos resulta imposible incluir EL PROCESO en nuestra programación,
sin que eso suponga un juicio negativo de su obra.
Confiamos en que no tenga problemas para su publicación en
cualquier otra editorial con menos agobio de títulos y, agradeciéndole haya
pensado en Adiagrama, le saludamos muy cordialmente.
Atentamente, Laura Carral.
Le recordamos que no nos resulta posible devolver los
originales no solicitados, a no ser que el autor lo recoja por sus propios
medios en el plazo de un mes de esta carta.
Editorial Adiagrama.
Así era esa carta de rechazo, una de tantas, pero esta vez de
su editorial predilecta. El contenido venía a ser el mismo de las demás
editoriales, casi con idénticas palabras, de la amable carta que le
imposibilitaba para publicar y que, de plano, le arrojaba al ostracismo. Había
pedido informes por Internet, enviado la información requerida y algún que otro
original, pero ningún editor del mundo tenía interés en publicar su novela.
Tanto tiempo y tanto esfuerzo para escribir una novela incomprendida, sin valor
comercial, una rareza literaria sin sentido para cualquier editor, cuando el
predominio del género novelístico oscilaba entre historias de misterio y
ambientaciones de relatos históricos. Su novela, sin duda, era vista como la
obra excéntrica de un loco, algo anodino y sin sentido para cualquier lector,
una apuesta estética inútil y, por tanto, un producto desechable. Total, Franz
Kafka era un don nadie, un escritor sin futuro, un asunto menor, un fracasado
para cualquiera y para él mismo. “Ya podía ponerse a trabajar en vez de
escribir semejante basura”, debían pensar en las editoriales donde envió el
original de “El Proceso”.
Pero Franz Kafka escribía por una necesidad visceral, porque
era un artista al que no le importaba pasar hambre y sufrir penalidades con tal
de seguir adelante con su pasión. Ésa era su vida y su sueño, su apuesta.
Él era un emigrado checo que decidió abandonar el hogar
familiar, e incluso su país, después de haber sufrido un desengaño
amoroso, lo que le sirvió de pretexto, además, para librarse de un insufrible
padre al estaba cansado de soportar. De tal modo que en compañía de su mejor
amigo, Max Brod, tomó rumbo hacia tierras españolas con destino a la ciudad de
Madrid, donde ambos alquilaron un pequeño apartamento en el barrio de Tetuán.
Ese viernes, cuando abrió la puerta para recibir la carta, su amigo Max se
había ido como de costumbre a trabajar, y él estaba solo y enfermo entre las
estrechas paredes de lo que suponía su nuevo hogar. Encima de la mesa estaba su
vieja computadora portátil, que compró de segunda mano, y dentro de ella un par
de novelas y algunos relatos. Pensó, entonces, que empezaría una nueva novela,
de un castillo que estaba siempre a la vista pero que era inalcanzable, donde
todos los caminos conducían a él y por ellos nunca se llegaba, donde se sabía
de sus habitantes pero difícilmente se dejaban ver. Era la metáfora de esa
incapacidad de publicar sus escritos, de editoriales que eran castillos de
burocracias inexpugnables e incapacidad. Ahora, no podía hacer nada más que
escribir esas historias, que sólo él y su amigo Max comprendían, para olvidarse
de todos los infortunios de su vida sumergiéndose en la literatura, cuando se
preguntaba si algún día su trabajo vería la luz pública. Así, influido por
estos pensamientos, se pasó toda la tarde escribiendo, con la tos y la manta
sobre los hombros, algo que empezaba así:
Cuando K llegó ya era de noche. La aldea estaba cubierta por
una espesa capa de nieve. Nada se podía distinguir en las alturas, sumidas
entre niebla y oscuridad, y ni siquiera la más débil luz indicaba la presencia
de un gran castillo. K se quedó un buen rato de pie en el puente de madera que
unía la carretera con el pueblo, elevando su mirada hacia un vacío penetrante.
Ésa era precisamente la imagen de su vida, todo brumas y
oscuridad a su alrededor, incomprensión por todos lados ante su forma de
entender la literatura, con un estilo tan peculiar de laberintos conceptuales
que a la vez buscaban una justificación por medio de un proceso racional, donde
el protagonista de sus historias chocaba contra esa muralla de
convencionalismos inamovibles, los mismos que él padecía con la industria
editorial. Pero él, a pesar de todo, no podía dejar de escribir y escribir…
Max Brod llegó del trabajo, envuelto en un abrigo largo y con
la cara enrojecida por el frío, pero con una sonrisa por estar de nuevo ante la
presencia de su admirado y gran amigo.
–¿Cómo te fue, Franz? ¿Estás mejor? –fueron sus primeras palabras.
–Hoy es un gran día para mí –contestó–. Empecé una nueva
novela que se llama “El Castillo”.
En ese momento, Max Brod vio sobre la mesa la carta de la
editorial Adiagrama, que cogió para leer.
–Podía haber sido un mejor día… –dijo con tristeza.
–No te preocupes, lo importante es creer en lo que haces por
encima de todas las trivialidades que nos acosan, sin perder los ánimos para
continuar con lo que un día decidiste hacer.
–Eso no lo dudo Franz –dijo Max con una leve sonrisa–, pero
creo que deberías hacer algo más que escribir.
–¿Algo como qué?
–Tú lo que necesitas son lectores, eso es lo
importante. Si la industria editorial te rechaza, lánzate como escritor por
Internet y demuéstrales de lo que eres capaz. Tú, mi querido amigo, eres un
buen escritor que no merece el desprecio de un grupo que sólo mira por el
dinero, mientras rechazan el arte. No dejes que nadie eche por tierra tu sueño
de ser escritor, porque tú ya lo eres, de eso no tengo ninguna duda.
Franz Kafka se quedó pensativo por unos instantes, tosió un
par de veces, y levantó la cabeza para mirar a su amigo, con esos ojos oscuros
que siempre denotaban cierta melancolía, y dijo:
–Seguiré tu consejo… De nada necesito a los que no valoran mi
trabajo… Me lanzaré como escritor por Internet, para encontrar lectores
que no se conformen con lo que el mercado editorial les trata de imponer como
literatura de calidad, cuando muchas veces no lo es… Les demostraré, como tú
dices, de lo que soy capaz, que la literatura es un arte que nada tiene que ver
con el comercio, que la literatura no son hamburguesas de McDonald´s ni latas
de Coca-Cola, que la literatura se merece mucho más que ser vilipendiada por
actos de mercadotecnia...
Ahora Franz Kafka se expresaba con
entusiasmo, pues, desde luego, no iba a dejar que nadie pisoteara sus sueños,
lucharía por hacerse un lugar frente esa industria editorial que había perdido,
en gran parte, su vocación de servir al engrandecimiento de algo que se estaba
olvidando, para pasar a un descolorido pastiche de lo que decía o ambicionaba
ser.
–¿Quién publicaría hoy a autores como Thomas Mann o Marcel
Proust? –se terminó por preguntar.
Max Brod, al escuchar lo que era una queja más que una
pregunta, una crítica feroz, una realidad, soltó una carcajada que rebotó en
las paredes del pequeño salón, mientras se despojaba del abrigo.
–Bien lo dices, mi querido Franz… Bien lo dices…
–¡Ya sé lo que haré! –exclamó Franz Kafka, ante una idea
repentina–. Publicaré en un blog, como novela por entregas, “La
metamorfosis”. Creo que la historia de Gregorio Samsa, que de un día para otro
se convirtió en cucaracha, será ideal para publicar en Internet.
Y los dos amigos decidieron abrir una botella de vino tinto
de Rioja, para así brindar por todos aquéllos que creen en la salvación de la
literatura.
–¡Bienvenido sea Internet, porque muy pronto de ahí
saldrán grandes escritores!
Exclamó Max Brod, entre el tintineo de los dos vasos al chocar.
Por Milton Leiva
Durante 100 años o más, el mundo, "nuestro mundo", ha estado muriendo. Y, en estos últimos 100 años aproximadamente, ningún hombre ha sido lo bastante loco como para meter una bomba por el ojo del culo a la creación y hacerla saltar por los aires. El mundo esta pudriéndose, muriéndose, poco a poco. Pero necesita el coup de grâce, necesita saltar en pedazos. Ninguno de nosotros está intacto, y sin embargo, tenemos en nuestro interior todos los continentes y los mares que separan los continentes y las aves del aire.
Vamos a consignar la evolución de este mundo que ha muerto, pero que no ha recibido sepultura. Estamos nadando en la superficie del tiempo y todo lo demás está o ha naufragado, está naufragando, va a naufragar. Será enorme el libro. Habrá océanos de espacio en que moverse, transitar, cantar, bailar, trepar, bañarse, dar saltos mortales, gemir, volar, asesinar.
Una catedral, una autentica catedral, en cuya construcción participará todo aquel que haya perdido su identidad. Habrá misas por los muertos, oraciones, confesiones, himnos, un lamento y una cháchara, una especie de indiferencia criminal, habrá ventanas rosadas, gárgolas, acólitos y porta féretros. Podéis traer vuestros caballos y galopar por los pasadizos. Podéis daros de cabeza contra los muros: no cederán. Podéis rezar en cualquier lugar que escojáis, o podéis acurrucaros afuera e iros a dormir.
Tendrá mil años, por lo menos, esa catedral, y no habrá replica, pues los constructores habrán muerto y la formula también. Mandaremos hacer tarjetas postales y organizaremos excursiones. No necesitamos genio…el genio ha muerto. Necesitamos manos fuertes, para los espíritus que deseen entregar el alma y encarnarse…
COMUNICANDONOS
¡Saludos, Adolfo, asno perverso y
rebelde!
No creas que te insulto porque
me he vuelto repentinamente intratable. En realidad he tenido que luchar contra
mis instintos básicos y aplazar esta carta hasta que conversé contigo esta
mañana por teléfono y oí tu versión de la vida (no pude ir a verte por que se
inundó mi casa, y en mi opinión eso también fue culpa tuya), la lluvia, la
ampolleta quemada, los terremotos y maremotos, todo es culpa tuya. Ahora que
hemos hablado por teléfono puedo decírtelo, Adolfo, que todavía eres un
escritor es decir un niño y no un hombre. Y entre nosotros estamos empezando a
temer que nunca llegarás a serlo. Tal vez sea tu destino crecer y convertirte
en un forajido de sangre caliente (recuerdo que la mayoría sino todos los
que asistían a tus talleres lo decían). Puede que la vez que te burlaste de
aquella amiga común o cuando te reíste en la nuca de aquellos dos caballeros,
no se tratara de episodios desafortunados sino de una señal de advertencia; de
que vamos a tener una mula creciendo en nuestro seno. Aún recuerdo todas
tus historias.
Me pides que te cuente de mi vida. Me
pides que te cuente de mis hombres, de mis amores, de mis pasiones. Ahí voy,
Adolfo:
La mayoría de los hombres que he
encontrado en mi camino durante los últimos años han sido aburridos, egoístas,
manipuladores o débiles, peores que niños, siempre buscando excusas para todo y
algunos absolutamente desorientados. Por supuesto, están los que creen que la
auténtica medida del éxito la dan la plata, el automóvil que tienen, las
dimensiones de su casa y el número de polvos que pueden pegar antes de estirar
la pata. Se toman en serio todas esas estúpidas estadísticas sobre nosotras y
se lo pasan en grande. No se consideran responsables de nada ante nada, ante
nadie, e incluso recurren al asesinato cuando de librarse de mujeres se trata.
Y nosotras les dejamos hacer. Bueno, yo no. Yo no tengo necesidad de que ningún
hombre me libere ni me mantenga; para eso me basto sola. Lo bueno sería contar
con uno que se ocupara de tus intereses, un hombre que te hiciera sentir,
excepcional, segura, protegida, y que además te excitara. Estoy harta de ser yo
la desencadenante de las emociones, como si con ello quisiera demostrarme algo.
¡Qué mierda! Ahora quiero que las emociones corran a cargo de los demás. Quiero
encontrar un tipo que se salga de su camino para complacerme.
Por otro lado, lo que me gustaría
saber es cómo se puede decir a un hombre de una manera amable de que estás de
él hasta los ovarios. Juan era de lo más vulgar cuando bebía, y cuando
salíamos, más de una vez tuve que llevarlo a su casa. De cada tres veces, una.
Pues a ése aún no le entraba en la cabeza que no quería salir con él. Me daba
nauseas. ¿Y qué pasa cuando un hombre es rarillo en la cama? Si en eso tuviera
que dar nombres, la lista sería larga, ya que por regla general todos los
hombres se creen que joden muy bien por el simple hecho de tener esas cosas de
veinticinco centímetros. ¿Y los aburridos? Decir que Pedro o Juan eran
tediosos, casi un somnífero, es poco.
También te puedo decir que yo he
tenido contacto con hombres nacidos bajo ciertos signos y debo confesar que
debí haber prestado atención a lo que dicen los astrólogos. Me llevó bastante
tiempo llegar a la clarividencia astrológica de que los Piscis son embusteros,
contumaces, gandules, irresponsables y no tienen fuerza de voluntad; los virgo
son perfeccionistas, se obsesionan con todo y en la cama son (ya lo dije)
rarillos; los Aries son egocéntricos, narcisistas y tienen un temperamento de
sálvese el que pueda, aunque sean amantes exquisitos; los libras son
excesivamente sentimentales y celosos y tan posesivos que acabas negándote a
dormir con ellos; y en cuanto a los Géminis, son más aburridos que el demonio,
pese a que se creen profundos. Y mi último amor, si lo conocieras,
si lo conocieras...
Es todo lo que puedo decir de mis
relaciones. Sé que estarás contento de mis palabras por que siempre me has
recalcado que es el mejor material para tus novelas, y sé, por supuesto, que lo
harás leer en público a alguna descarada víctima que se prestara para tus
juegos (como gran sanguijuela que eres siempre encuentras una).
Si crees que ha llegado el momento de
que me vaya al infierno, envíame un telegrama con solo cuatro palabras:
Patricia vete al infierno, y me pondré en marcha enseguida. Pero si, por otra
parte, has decidido echar una mirada al pabellón psiquiátrico desde dentro,
entonces, por favor, ¿te importaría hacerlo solo, sin mí? No me vuelve loca la
idea. Que no hayas borrado este email al reconocer mi confesión sobre la
pantalla prueba que la curiosidad es más poderosa que el odio. O que tus
novelas necesitan leña fresca. Ahora puedes dejar de leer esta carta, y esperar
la fecha que has pensado para arrojarla directamente a la cara de tu público. Y
comprendo que ni si quiera te darás el trabajo de cambiar u omitir nuestros
nombres. Imagino la escena, tu: moreno, delgado, monacal, ascético,
arrogante de pies a cabeza. Sentado en una silla o mejor parado en la
puerta. El público con el corazón boquiabierto. La chica igual que yo ahora
tecleando frente al computador, revelando cada frase filuda o incisiva con
énfasis, en voz alta. ¿Por qué te escribo entonces? Por desesperación, Adolfo.
Por supuesto en asuntos de desesperación tú eres una autoridad mundial. Acabo de
mirar el reloj y ya es tarde. Debo terminar este email o mejor dicho esta
bofetada o esta ofrenda. Debería terminar, pero mejor lo haré mañana, que
disfrutes el cóctel y aquella inauguración de un proyecto cultural que dices
que se avecina... quedo a tu absoluta disposición.
Ocúpate de ti y deja de buscar problemas.
Con mis mejores deseos
Tu fiel amiga.
PD. Ahora recuerdo la obra
de teatro, me imagino como abras embaucado a aquellas inocentes actrices de
barrio. Porque nadie quería participar en aquellos papeles, ¿qué esperabas?.
Una obra que hace escándalo antes de ex-trenarse merece llamarse... no sé. Me
has pasado el libreto y me pregunto ¿Quién fue el que retorció tu mente? Asesinato,
fanatismo, suicidio, prostitutas, lesbianismo es una buena dosis que hace honor
a tu aguijón. Debo reconocerlo: La Biblia es una alpargata al lado del
argumento. Un escritor con sus palabras debe ser un delincuente, pero tú lo has
sobrepasado con creces. Intento visualizar la escena... pero no, eres peor que
Belcebú, por favor solo comprométete a comportarte bien y no jugar con fuego.
César Valdebenito. Nace en1975, Concepción, Chile. Poeta, narrador, ensayista. Es
autor de los libros; El Jardín (Ediciones Lar, 1998), La Muerte de
Bukowski (Ediciones New Cork Times Review, 2000), la Antología de Poetas
Chilenos Jóvenes (Ediciones Lar, 2001), Urnas o Réquiem a la palabra (Ediciones
Lar, 2002) y de la novela Animales del corazón (Ediciones de Bolsillo, 2008).
Ha sido director de las revistas literarias; El Amante de la China del
Norte, Clikc!, Paréntesis, Quiltro, etc.
FIESTA
P. solía mirar cada día a través de la ventana de su pieza. Normalmente, sus ojos se topaban con el largo pasaje en el que estaba encrustada su casa, un lugar polvoriento y ensimismado, perdido en una ciudad costera y pequeña. Le gustaba mirar cómo los vecinos conversaban en la calle, u observar a los chicos del barrio regresar de la playa transpirando arena y gritando palabras inentendibles. Pero, al volver los ojos hacia el interior de la casa, el chico se encontraba con las paredes sin pintar de su pieza, los grises trajes de papá y mamá, y los muebles viejos rodeados por la débil luz que las desnudas ampolletas colgantes del lugar podían darle. Sus días, además de dedicarlos a la escuela en la que sólo era un buen alumno, se disolvían en programas recepcionados por un viejo televisor, en especial, histéricos dibujos animados surrealistas de la década de los cincuenta, repetidos hasta el cansancio, pero esperados con ansiedad por sus fans. Aparte de eso, y sus fisgoneos a través del vidrio, ninguna otra cosa extraordinaria ocurría. A veces los padres conversaban con él a la hora de almuerzo. A veces, su hermana pequeña le pedía algo, como jugar al ludo, o ayudarle a sacar una muñeca que se encontraba en una repisa demasiado alta para ella. No salía de casa excepto para ir al colegio, o al peluquero, o al doctor. Es que nadie le había dicho que había que vagar por las calles ensuciándose las manos y jugando hasta que fuera tan tarde, que los adultos tendrían que salir a buscarte como en una procesión, armados con velas y gritando tu nombre. En esa época, todas esa prácticas le resultaban desconocidas.
La escuela le daba frío a P. Se congelaba al llegar a ella cada día, sin importar si era la época en que sus compañeros jugaban fútbol a torso desnudo en el patio de cemento, o si ya estaba cayendo la lluvia sucia que ennegrecía su rostro. Golpes, gritos, desórdenes en los cuales nunca se castigaba a los culpables, guardapolvos llenos de aserrín de lápiz grafito, sandwiches de jamón con queso podridos al fondo de la mochila, combos propinados al estómago que te dejaban sin movimiento. Miedo. Tareas correctamente hechas. Amenazas. Eso era la escuela para P.
Lo bueno era que existían las vacaciones. Y justamente fue, en uno de esos días, y a la hora en la que sol empezaba a abandonar la ciudad que P., concentrado en Tom y Jerry, escuchó que una chica lo llamaba desde afuera, gritando en dirección a la ventana de su habitación: "oye, ¿estai en tu pieza?." En un arrebato inconsciente de valentía, nuestro muchacho decidió asomar la cabeza torpemente, y enfrentarla. Vio a una chica crespa, delgada, trigueña, que vestía jeans, una polera que hacía juego con sus cabellos rubios, y un chalequito rosado. A pesar de ser casi de su edad, al muchacho le parecía gigantesca, como esas primas de dieciocho años que viven en una casa grande y limpia y que salían a bailar de vez en cuando. Estaba sentada en una de las escaleras que hacían su aparición intermitentemente en la vereda de la cuadra, y cruzaba sus brazos sobre las piernas, lo que le hizo recordar la palabra "señorita". "Señorita", pronunciada por la voz de una vieja maquillada en exceso, con perlas en sus orejas. Pero la reflexión se vio interrumpida por un "¿Quieres ir a una fiesta conmigo?" El muchacho sólo atinó a mover su cabeza en forma afirmativa, sin decir ni una palabra. " Te puedo venir a buscar en treinta minutos más. ¿Está bien? No seas tímido. La fiesta será en dos esquinas más allá. Súper cerca." P. volvió a repetir el gesto, y la niña se despidió con la mano abierta y pegando brincos.
El muchacho no sabía por donde comenzar. Se desnudó por instinto, como si un ciclón se hubiese llevado su ropa, mientras seguía pensando en las palabras de la chica. Decidió darse un baño, sin explicarle a su madre el motivo de éste, y al regresar a su pieza, se miró al espejo y vio que su pelo era horrendo, y que el color de su piel era demasiado blanco, en especial su pecho, que además era deforme y fofo. Dado que esta era su primera fiesta, debía lucir bien. No podía hacer mucho contra su palidez, sin embargo trató de arreglarse el cabello con la mano, pero el resultado le parecía poco auspicioso. Ansioso, siguió peleándose con su propio ovillo de lana negra, hasta que sintió que llamaban a la puerta. En ese instante, recordó que estaba sin ropa.
El muchacho se alarmó, no sólo porque creyó que mamá pensaría que se estaba masturbando, sino porque el solo hecho de exhibir el cuerpo en los pasillos de la casa era una falta severamente castigada. Logró vestirse con lo que encontró a su alcance, y al abrir la puerta, su madre le preguntó si necesitaba algo. "Voy a salir a una fiesta. Me invitaron. Una niña de afuera." "La hija de la doctora Díaz, me imagino. ¿Por qué?" dijo, con los brazos cruzados y la duda en su rostro. Sin obtener respuesta, igual decidió preparar a su hijo para tan magno acontecimiento: su primera fiesta. Le prometió llevarle a su pieza algo de comer, mientras ella arreglaba las prendas adecuadas para aquella noche.
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Su madre planchaba la ropa, y el olor del algodón humeante subía hasta su pieza para confundirse con la esencia de las tostadas que el muchacho trituraba. Mientras contemplaba como un héroe oriental de aspecto robótico salvaba al mundo de la destrucción final, P. sintió el deseo de mirar de nuevo por la ventana, dejando de lado la bandeja de madera. Se asomó con sus ojos tan abiertos como si estuviera enfermo de tiroides, buscando a la chica. Pero la calle estaba desierta. Decidió seguir comiendo, pero le era inevitable imaginarse el momento en el que la muchacha lo pasara a buscar. A él le hubiese gustado tenerla en la pieza, tan desnuda como él ha estado allí tantas veces, y acabar en su cara sin pedirle permiso. Recordaba las palabras: "¿quieres ir a una fiesta conmigo?", y miedo y alegría le parecían ahora la misma cosa. Fue tan poderosa esta sensación, que el muchacho pensó en fingir que las tostadas le habían caído mal, y que por lo tanto, no podría salir. Pero su madre golpeó la puerta.
"Te traje una camisa, el pantalón y la ropa interior. Ponte los zapatos de salida, no los de colegio" dijo, y las prendas penetraron la húmeda pieza, por el discreto lado izquierdo de la puerta apolillada. El chico se puso la ropa, y bajó en busca de la aprobación materna. Ella lo miró sentada cómodamente en su sofá verde modelo 1950, y masticando el último bombón con licor que le quedaba, le dijo: "Hijo, parece que la camisa y el pantalón no combinan muy bien. En realidad, no combinan. Pero no importa, porque igual te ves bonito."
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Con las piernas temblando y acostado en su cama, P. esperaba que la lavadora fuese eficiente. Todo tenía que salir perfecto, terriblemente perfecto. Por suerte, el tema del pelo ya había sido solucionado, gracias a varios minutos frente al espejo del baño, y algo de gel. Pero la camisa que combinaba con el pantalón estaba sucia, y mamá había decidido lavarla y plancharla. Ya la primera estrella había aparecido en el cielo, y por miedo a no poder ver a la chica de nuevo, el muchacho se asomó nuevamente. Respiró hondo. Sintió que la tarde tenía un olor como a eucaliptos, que despejaba los pulmones y liberaba su cuerpo de aquella tensión que le parecía ya tan cotidiana. Observaba la calle solitaria en busca de un gesto, de algún sonido o señal que le indicara qué hacer, o que si lo que estaba haciendo estaba bien. Pero, un palpitar en su garganta le decía que ya no podría detenerse. En medio de sus movimientos, las pupilas se encontraron con la muchacha que, ahora de pie, apareció de la nada en medio del asfalto. Ella miraba a P. con los ojos llenos de algo parecido a la burla, y le dijo: "te he estado esperando. Pero podemos llegar un poco tarde a la fiesta. Nadie es puntual. Además, mucha gente quiere conocerte. Te pasaré a buscar en veinte minutos más. Te lo prometo."
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A pesar de que recién la habían planchado, P. sintió la camisa muy helada, y se le puso la carne de gallina al abrocharse el último botón. El muchacho tuvo la ilusión, al mirarse nuevamente en el espejo, que era más moreno que antes, más alto, más hombre, que podría inflar el pecho firmemente para verse más fuerte. Su madre, con ese vozarrón con el que le daba órdenes, le gritó desde el primer piso: "¿quieres que te sirva otra cosa de comer? No te vaya a dar hambre más tarde", y al responder afirmativamente, el chico se dio cuenta de que nadie en la casa comentaba el gran acontecimiento. Ni su hermana pequeña, que seguía jugando a dejar calvas a sus muñecas en la habitación contigua, ni su padre, siempre impecablemente vestido, tan enorme y lejano, cuya cabeza desnuda y grasosa estaba conectada a un televisor que transmitía partidos de fútbol en blanco y negro.
"Te pasaré a buscar, te pasaré a buscar", escuchaba vibrar por las paredes, mientras bajaba en dirección al comedor. Un trozo de pollo cocido, un hormiguero de arroz humeante, y gotas de mayonesa casera sirvieron de entretención a su estómago, cuyos nervios lo habían reducido a la mitad. Pero ¡ay!, la invitada de piedra, esa burbujeante agüita café que le quitaba el apetito a su hermana a la hora de almuerzo, cayó cómoda y abundantemente en los pantalones verde musgo de P. La madre pareció envejecer veinte años más al ver lo que el travieso líquido había provocado.
"Yo te busco otros pantalones. Tu, vete a tu pieza y espera", fue todo lo que tuvo derecho a escuchar el púber. Al regresar a su metro cuadrado, decidió nuevamente asomarse por la ventana. Milagrosamente, allí estaba la chica, de pie en la acera, ataviada por un chalequito de lana de vivos colores, blue jeans con flores bordadas en el bolsillo derecho, y zapatillas de ballet color nieve. "Estoy lista" dijo, y P. montó en su rostro una expresión de angustia que dejó todo claro. "Yo no." "Lo siento, no puedo seguirte esperando. Pero hagamos algo. Te diré cómo puedes llegar solo." "Bueno". "Mira, tienes que ir a la siguiente avenida, y caminar dos cuadras. Es en la única casa amarilla del sector, en la vereda opuesta a la playa. ¡Es súper fácil!, no te vas a perder. Además, seguramente la música estará a todo volumen. Y cuando llegues, búscame. Me llamo Paula. Pregunta por mí Te estaré esperando." El chico nuevamente asintió con la cabeza, y observó como la niña era rodeada por tres de sus congéneres, que se rieron al llegar a buscarla. P. se escondió en su pieza bruscamente, y recordó que ya sabía con anterioridad que ella era Paula, la niña que vivía al frente, la hija de la doctora Díaz. Pensó que había escuchado su nombre en las noches cuando, acostado pero sin dormir, estaba atento a los movimientos de los niños del barrio que jugaban en la calle hasta altas horas de la madrugada. Recordó el momento en que esas travesuras terminaban siendo interrumpidas por la vecina que sacaba una pistola y lanzaba un tiro al aire, provocando un sonido seco y corto que obligaba a los chicos a salir huyendo hacia sus casas. Pensó en los pechos incipientes de Paula. Pensó en masturbarse, y se acordó de lo que dijo el cura Jonás en la última clase de religión. Pensó en las manos del abuelo, tan peludas y arrugadas que lo hicieron desistir de su deseo. Pensó en que deseaba eyacular como un géiser, y bañar su cuerpo con el semen más espeso que pudiera fabricar. Pensó en lo angustiante que sería caminar solo, que se lo podían llevar preso, que lo podían matar de alguna forma, que se le podía desatar el nudo del zapato, o lo que es peor, pearse en medio de la fiesta. Pensó en cómo hablar, en cómo no cagarla, en quiénes estarían allí, en aprender a bailar bien en veinte segundos. Pensó en lo tarde que era. En ese momento, se percató de la presencia de su hermana en el dintel de la puerta, que había quedado abierta. "¿Por qué vai a salir?", le dijo y se quedó mirándolo unos segundos. "La mami se va a enojar." Muñeca en mano y con pasos cortos, la pequeña regresó a su pieza, sin esperar respuesta.
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"Hijo, aquí hay otros pantalones, creo que van bien con lo que tienes", dijo su madre, mientras veía aparecer su grueso y firme brazo, haciendo de percha que sujetaba la ansiada prenda. P. no tardó en vestirse, y decidió ponerse nuevamente a prueba ante el espejo. Camisa escocesa verde, pantalones café kiwi, zapatos plomos de gamuza barata, y suspensores negros con un smile en cada elástico. Se quedó mirándose de pies a cabeza por un par de minutos, comprobando que todo combinaba, y que el cabello estaba ordenado. Quiso verse el pene reflejado en el vidrio, pero sabía lo tarde que era, y decidió partir inmediatamente. Creía que la rapidez lo haría olvidar el terror que sentía.
"¡Ay niño, cuidate, que hay cada cosa en la calle!", escuchó decir a su madre, mientras que, con sus brazos, lo abrazaba con mucha fuerza, como deseando que el chico se quedase en casa, en vez de salir a la tan esperada fiesta. Pero ella optó por soltarlo, sintiendo que, a pesar de todo, sus brazos no eran lo suficientemente fuertes como para retenerlo por más tiempo."El papá te dejó un billete encima de la mesa. Llévatelo. Que te vaya bien hijo." P. se despidió con un castrense beso en la mejilla de su progenitora, y lleno de felicidad tomó el dinero. Era la primera vez que tenía un billete de tanto calibre entre sus manos.
Al salir, un aire tibio acogió al muchacho, y los colores de la noche, resplandecientes y líquidos, parecían sacados del vitreaux de una iglesia a las ocho y media de la mañana. "No siento ni veo nada terrible", pensó, al sentir que se cerraba la puerta de la casa. El chico intentaba estar lo más tranquilo posible, pero decidió caminar rápido y , cuando ya había avanzado un par de cuadras por la avenida, sintiendo que había logrado su primer objetivo, escuchó un pequeño bullicio a sus espaldas. Al darse vuelta, se encontró con un grupo de muchachos de su edad, incluso un poco menores. Malolientes, con el torso desnudo y calzando zapatillas blancas y enormes, rapados al cero, pecosos, con los dientes chuecos, así, todos uniformados, hablando a garabato limpio como los compañeros de colegio de P. Serían unos cinco. Antes de abandonarse a la angustia tan tremenda que le produjo este encuentro inesperado, el chico experimentó un sentimiento extraño. Sintió una angustia, un sentimiento de inferioridad, tanto en los genitales como de su pecho, al darse cuenta de que los niños exhibían libremente sus torsos, pellejos curtidos por el sol, lampiños y brillantes, mucho más firmes que el suyo. Una corta pero violenta erección no le permitió reaccionar ni menos intentar ubicar la casa amarilla. Lo agarraron a golpes, luego de que el más alto de la pandilla le pidiera una moneda. Patadas, combos dolorosos pero no mortales lo azotaron por algunos minutos. P. no dijo nada, ni siquiera emitió un quejido. No lograron aturdirle, pero si dejarlo tirado, con la ropa destrozada, manchada, condenada a un eterno lavado, y sin el preciado billete que había podido conseguir. Y el silencio de la noche, al final, parecía ser lo único que quedaba.
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Al lograr, por fin, reaccionar y apoyarse sobre sus magullados brazos, pudo escuchar, a lo lejos, unas risas y la música de moda. Caminó unos pasos, algo lloroso y cojeando, y logró reconocer la casa amarilla. Antes de alejarse de allí, logró divisar algunas sombras que se movían hiperkinéticamente a través de la cortina, y escuchó los gritos de felicidad de todos los que ahora habitaban esa casa. Pero P.,a pesar de lo sucedido, no tenía ganas de llorar. Sí le daba vergüenza la idea de regresar a casa sucio y magullado, pero por vez primera en su vida, sintió que podía hacer algo respecto a un problema. P., sin miedo a encontrarse con la pandilla nuevamente, decidió caminar hacia algún lugar de la playa, en donde podría limpiarse un poco, sacudir la camisa, y dejar que el viento salado acariciase su torso moreteado, solo, sin que nadie le hiciese ninguna maldita pregunta de por qué estaba como estaba, o por qué hacía lo que hacía. Y así, Pablo, por fin podría regresar tranquilo a casa. ¿Su plan? Memorizar los temas que más tocan en la radio, aprender a bailar en la soledad de su pieza y sobre todo, buscar esas viejas pesas de papá y encerrarse a sacar músculos. Porque, se dijo, son cosas que necesitaré para que el próximo sábado pueda salir nuevamente de casa.
RODRIGO ARENAS es Licenciado en Educación y Profesor de Inglés. Participó en los talleres de Zona de Contacto. Es editor, crítico de cine y colaborador de la revista on line indie.cl Fue antologado en el volumen "Sitio Público", y ganó una doble mención honrosa en el Concurso Literario 2004 de la Fundación Balmaceda. Actualmente vive en Santiago.
Por Alexis Donoso
"haste un cuento que de fondo suene una canción de la Daniela Romo"
David Opazo
Te estás acostumbrando a habitar el mismo hoyo decía M a D. Y de tu prolongado insomnio que te has hecho lugar común, de ese perverso insomnio que agota, viola, mata y quema las noches, sólo te quedarán mañana de recuerdo tus uñas y los restos de pelo sobre la almohada que también un día serán polvo como todo aquello que es destruido por el polvo y el sueño. Debes cambiar de lugar, habitar otros lugares y salir de ese hoyo en el que estás como un enfermo animal erótico en su caverna haciendo grafías peligrosas, jeroglíficos a oscuras en la pared. Ya no te aguanto más. Si no reaccionas me iré lejos de ti, lejos, muy lejos, tan así que no me verás ni la punta de la nariz. Saldré contestó D, estoy un poco enredado en mí mismo, enredado en el espacio y sus hilos que he tejido de mí mismo, encontraré una salida hacia cualquier cardinalidad, sólo te pido paciencia, yo no te pido la luna.
Alexis Donoso G. 1980. Santiago, Chile.
Por Eladio Rojas Magallanes
En su barrio le dicen Harry loco Harry. Se ríe todo el rato solo, no sé si de nervios o por gusto, aveces siento que se ríe de mí; Harry fuma y bebe fascinado como si en el instante que viene fuese a morir; yo creo que de lo único que podría morir es de fascinación. Unavez reprochándolo dije: qué absurdo! lo único que piensas hacer es reírte de todos? hubo un silencio gigante en el que yo me veía como un animal rabioso y pequeño y a él como el animal curioso y alegre que era; luego veía todo negro y en medio de todo veía sus dientes en su mueca de risa; jamás contestó a mis preguntas y yo me dí cuenta que no era menor lo que hacía y que trataba de enseñarme; reírse de todo y de todos es cosa seria.
Eladio Rojas Magallanes Santiago Chile. 1983.
Por Jesús Ademir Morales Rojas
Citlali sale de las aguas rumorosas, casi al ocaso del día.
Se acerca calma, a la arena de la playa solitaria. De pronto observa a sus pies una caracola marina varada, impasible al roce de las olas en retirada constante.
Observa a su alrededor repetidamente, como si no creyera que tal aislamiento pudiera ser algo totalmente real.
Luego entonces se acerca la caracola al oído y escucha…
***
Un sonido ominoso, como de millares de lamentos ínfimos, como de múltiples maquinarias extravagantes, laborando en un lugar inverosímil, la envuelven por completo: Citlali se siente arrastrada por el flujo sonoro proveniente de la profundidad cavernosa.
Y de pronto ya no se siente allí, y ni siquiera sola.
***
Sus conocidos le habían dicho que, de un día para otro, como por obra de un inusual acontecimiento, había visto transformado por completo su modo de ser, como si de pronto ya no fuera la misma. Esto había sido una sorpresa para ella, porque de ningún modo había sentido alterado su modo de ser, en lo más mínimo, y menos recientemente. De tal manera que si ella no había llegado a ser diferente, entonces, todos sus conocidos y el mundo entero, eran los que habían cambiado por entero su manifestarse, y lo más inquietante para Citlali, es que ella había permanecido ajena por completo, a tan radical mutación.
Inquietante.
***
Esto es lo que había querido comunicarle a Salvador, en el silencio y las penumbras de su habitación semivacía. Se había vuelto hacia él mientras permanecían reposando en la cama, y sin poder definir totalmente los contornos del rostro de su pareja, le contó acerca de la incertidumbre que sentía; de lo extraño que parecía todo. Salvador por su parte, no le dijo nada, sólo le tomó la cabeza entre las manos y comenzó a besarla dulcemente.
***
Al terminar su unión, se levantó sin decir nada y fue al tocador.
Todo estaba casi entre sombras y en una quietud irreal. Se miró largamente en el espejo, como queriendo fijar su identidad, sin poder concretarlo. Se miró largamente.
De pronto dio un paso atrás, se internó entre las sombras, se perdió allí.
***
Citlali regresa a la cama, se acuesta y se cubre con las mantas dándole la espalda a Salvador.
Una voz susurrante le dice entonces en la oscuridad:
-Tienes esta opción para saber si estas dentro, o no lo estas: si no vuelves a verme es que no es más que una ilusión, todo. Si no es así, es que estas dentro aún.
Súbitamente, Citlali se percata de que esa, no es la voz de Salvador. Se voltea para mirar.
Un rostro pálido e indefinido la observa en la penumbra.
Citlali, sin saber que pensar, oculta el rostro entre las sabanas.
Negrura.
***
Movimientos oscilantes, líquidos.
La imperiosa necesidad de emerger a la superficie.
Citlali sale de las aguas rumorosas, casi al ocaso del día.
Se acerca calma, a la arena de la playa solitaria. De pronto observa a sus pies una caracola marina varada, impasible al roce de las olas en retirada constante.
Observa a su alrededor repetidamente, como si no creyera que tal aislamiento pudiera ser algo totalmente real.
Luego entonces se acerca la caracola al oído y escucha…
***
Busca comentarle a Salvador la inquietud que la atormenta desde hace días, por eso se toma mucho tiempo en el lavabo, para aclarar sus ideas. De pronto se decide: respira hondo y sale del privado. Camina en el largo pasillo silencioso y oscuro: llega al fin frente a la habitación que comparte con su pareja. Gira el picaporte. Abre la puerta. Se acerca a la cama. Levanta las sabanas. La cama está vacía.
***
Sale de las sombras en las que había permanecido, recuerda haberse visto en el espejo del tocador apenas iluminado durante largo rato, también le viene a la mente sin saber porqué, la imagen de ella misma levantando una caracola en una playa solitaria y llevándosela al oído a fin de escuchar.
Quiere comentarle todo esto a Salvador. Levanta las sabanas de su rostro. Y se da vuelta en la cama para hablarle. No está él. Allí no hay nadie. Se escuchan pasos desde el tocador, vienen. Luego alguien abre la puerta de la habitación, sumida casi en la negrura. Citlali no puede apreciar los contornos de Salvador, hasta que la figura se acerca, y ella ve con sorpresa pasmosa, que no es él: es alguien con un rostro pálido e indefinido que se queda frente a ella, y que de pronto abre una boca de donde se emite un sonido ominoso, como de millares de lamentos ínfimos, como de múltiples maquinarias extravagantes, laborando en un lugar inverosímil; la envuelven por completo: Citlali se siente arrastrada por el flujo sonoro proveniente de la profundidad cavernosa.
Negrura.
***
Una playa rumorosa y vacía, durante el ocaso.
Una caracola varada.
Y nadie.
Jesús Ademir Morales Rojas
ESCENAS ASIÁTICAS
Le respondo que estoy muy cansado y que un cabaret tailandés no es diferente de un cabaret de París.
Ella insiste. Desea salir.
La verdad, estoy harto de los laberínticos mercados y de los mugrientos tenderetes de pagodas, orquídeas, ratas, langostas de roca a la plancha, y lagartos; harto de las avalanchas de gente inundando los callejones; de la fauna de niños correteando semidesnudos; del humo pegajoso de las fritangas, y de los gritos de las mujeres en las barcazas mientras se lavan el pelo o hacen la colada. Estoy harto del río Menan y de su olor nauseabundo. Bangkok es desesperante.
Ella mira por la ventana hacia una retahíla de enormes rascacielos que se elevan como monstruos amenazadores. El movimiento de la ciudad se oculta por un cielo empachado de nubes de polución que se mueven lentamente, como asnos de color gris, metidos en una tibia y semitransparente selva de engrudo.
—Cariño, me gustaría cenar en el hotel, tranquilo —digo.
Llueve. Un dato significativo de Bangkok que todas las guías de turismo omiten, son sus calles siempre húmedas. “La ciudad mojada de las intrincadas callejuelas”, sería la mejor definición para Bangkok.
—Puedes ver la televisión ¾lo digo con mala intención; sé que antes de ponerla intentaría cortarse las venas con el cuchillo de la mantequilla—. Tal vez pongan alguno de esos documentales sobre la perversión que tanto te gustan —insinúo.
—Eres el de siempre. No puedes cambiar. No es culpa tuya.
—¿Y de quién es? —pregunto con curiosidad.
Silencio. Me echo en la cama. A tientas, enciendo un cigarrillo.
—Cariño vocalizo cada sílaba, tengo los riñones jodidos de viajar en Tuktuk. No sé adónde quieres ir. Como no vayamos a Pat Pong. ¡Mejor aún al Soi 63!
Se vuelve y me mira como si hubiese descubierto un gran secreto. No se equivoca.
—¿Pat Pong? ¿Soi 63? —pregunta con sorna y curiosidad al mismo tiempo.
Se atusa el pelo. Da un par de pasos, abre uno de los cajones de la gaveta y coge algo. La habitación está a oscuras. Se sienta en la cama, a mi lado; humedece el pulgar y pasa las páginas.
El ronroneo del aire acondicionado nos envuelve y, de vez en cuando, tira de su falda con fuerza. Levanta la cabeza y me indaga con sus ojos negros.
—Soi 63 —digo como si le lanzara un escupitajo a la cara.
—Estás deseando contármelo, ¿verdad?
Acierta. Algunas veces me gusta darle una lección.
—Bien, voy a preguntártelo, ¿qué es el Soi 63?
—Es una pequeña zona del Pat Pong, el barrio bajo de Bangkok. Lo llaman así por el autobús. Aquí las cosas no cambian.
Doy una fuerte calada al cigarrillo. El humo se desvanece en el techo. Me hace un mohín con la nariz y sonríe.
—¿Cómo lo sabes? La guía no dice nada de todo eso.
—Es una guía para imbéciles. Te dicen que pasees en Tuktuk, que vayas a los mercados a que te despachurren, que visites no sé cuántos templos Wat y un montón de letras, que vayas aquí o allá y que visites el casino. Como si la gente de Bangkok no tuviese otra cosa que hacer más que pasear en ese trasto y jugarse el dinero en el casino.
—No has contestado a la pregunta.
—Cariño, hace años yo estuve en Bangkok.
Me clava los ojos. No me cree, o no quiere creerme. Le digo que todo ocurrió antes de conocerla.
—Nunca me lo dijiste.
—No venía a cuento, y tampoco me lo preguntaste.
—No te creo. Tú nunca has estado aquí. Ni siquiera debe existir el Sui sesenta y tantos.
—Soi sesenta y tres, cariño. Sesenta y tres.
—¡Lo que sea! —grita¾. No me lo creo.
La habitación se impregna de un silencio tenso.
—Llévame —dice de forma tajante.
No discuto. Apago el cigarrillo y me abrocho la camisa.
Salimos del hotel: la calle ancha y sin acera está repleta de gente que anda rápido, como si tuviese prisa por llegar a algún sitio.
Las luces de neón —rojas, verdes, azules, amarillas— relampaguean en la oscuridad. Giramos en la tercera esquina; continuamos andando por una calle más estrecha, menos iluminada y más húmeda. Hay restaurantes en los que el personal sale a la caza de posibles clientes.
Llegamos a una pequeña plaza donde el goteo constante de la fuente rompe el silencio. Cuatro, cinco o seis personas se agrupan ante la puerta de una tintorería, bajo un letrero escrito con pintura roja en el que se puede leer: Bus-stop.
Lo escuchamos llegar: las ruedas chirrían bajo la presión de los frenos y el motor está a punto de ahogarse. La luz de los faros —uno blanco y otro amarillo— nos deslumbran.
El autobús es pequeño, parecido a una furgoneta, y viejo. El conductor acelera en punto muerto, como aviso de su inminente marcha. Subimos, está casi vacío. Dos mujeres pintarrajeadas, de media edad y un cuerpo abonado por la celulitis, charlan animadamente. En el fondo, un viejo con barba de varios días y de ropa desaliñada duerme profundamente. Nos sentamos unos lejos de los otros. Al cabo de unos segundos el vehículo resopla y se cierran las puertas. Rueda unos metros —en primera y a todo gas— con el motor quejumbroso, hasta el final de la calle. Después emprendemos la avenida y nos internamos en el corazón de la ciudad. Apenas hace paradas.
A medida que nos acercamos a Pat Pong, el aire se vuelve denso y quieto. Ella mira por la ventanilla y cuando desaparecen las luces de neón, las risas, la música y todo queda envuelto por una bruma oscura, me coge de la mano.
Finaliza el trayecto. El autobús abre las puertas; las últimas en descender, detrás de nosotros, son las dos mujeres que no han cesado de hablar. El conductor se queda solo, zarandeando al borracho, con la intención de despertarlo.
—¿Y ahora? —dice mi mujer mirándome con verdadero interés.
Muevo la cabeza indicándole el camino y empiezo a andar. Escucho el eco de
El aire es caliente y pegajoso. Huele a perfume de rosas, muy concentrado. De la noche surgen las luces desgastadas de los sex-shops, espectáculos de striptease, clubes de tercera con anfiteatros de sillas vacilantes de teatrillo, y escenarios redondos donde las chicas lanzan pelotas de ping pong con el coño, o fuman cigarrillos sin problema de dañar los pulmones y alardean de elasticidad introduciéndose botellas de Coca Cola por el culo o, simplemente, se follan a un enano de polla enorme.
Damos un breve paseo; ella me señala los escaparates de los burdeles, donde se muestran las prostitutas con un número prendido del body y curiosea la ropa interior que exhiben. Mira animadamente a su alrededor, con la voracidad de quien descubre un secreto.
—Cariño, cuando terminemos el paseo, ¿te importaría que volviéramos al hotel? Me duele la espalda —protesto.
A ella le fastidia que la llamen cariño.
—¡Por el amor de Dios! ¿Quieres callarte de una puñetera vez?
Le digo que si vuelve a chillar me largo sólo y la dejo tirada. Me mira con rabia, tal vez con algo de desprecio. Le jodería no conocer el Soi 63.
La gente empieza a mirarnos. Somos la típica pareja que decide dar un largo viaje para salvar el matrimonio; o eso, o tener otro crío. No tenemos una solución. Pasamos ante un letrero grande, de luces azules y rojas con la palabra Peep show y remarcado por unas bombillas verdes e intermitentes se lee: sexo en vivo. Giramos a la izquierda y nos metemos por una abigarrada trama de enrevesadas callejuelas húmedas, con las aceras hechas añicos e impregnadas de olor a meadas, alcohol barato y putas del tres al cuarto. Me detengo ante una puerta mugrienta, con churretones blancos iluminados por una bombilla exhausta de luz amarillenta.
Sonreímos; creo que es la primera vez en toda la tarde. Entramos.
El local no es ningún cuchitril. Está bien iluminado y tiene aire acondicionado. Cruzamos un largo pasillo, con estanterías de cristal en ambos lados repletas de revistas en rabioso technicolor: treintañeras aniñadas, con expresión de no haber roto un plato en su vida, con ositos de peluche bajo el brazo y el pulgar en la boca, simulando ser jovencitas vírgenes; mujeres tetudas, con el culo y los labios abotargados de siliconas; chicas negras sentadas de cuclillas con el coño teñido de rubio y la mirada pícara; manos de dedos delgados y largas uñas rojas agarrando pollas tan tiesas como el mástil de una bandera. Machos hercúleos de pelo engominado y músculos aceitosos y tensos, con el pecho repleto de pelos y el miembro depilado y erecto. Mujeres vestidas con uniformes de colegiala, de enfermera, de militar, de monja, en las posiciones más variadas: acostadas boca arriba con las piernas abiertas y flexionadas, tendidas de lado y el culo en pompa, a cuatro patas exhibiendo gruesas y fofas lenguas; arrodilladas y succionando una picha enorme. Vibradores de todos los tamaños, formas y colores, botellitas con aceite de masaje, anillos para el pene, bolas Ben Wa, muñecas hinchables con la boca abierta y las piernas separadas, lencería roja, negra, blanca…
En el bar el camarero remueve con habilidad la coctelera. Hay tres tipos blancos, gordos, con el culo aplastado en los taburetes; se ríen sonoramente.
Sobre el lado izquierdo la luz se difumina mezclándose con el sudor y el humo.
Ella señala una fotografía enmarcada en la pared: un hombre desnudo, con el pene erecto, mira atentamente a una mujer desprendiéndose del vestido; tiene los pechos aniñados y unas manos sensuales.
—Me gusta —dice. Tiene un algo que me encanta.
Creo que lo único que le agrada es la postura de la mujer; el sentirse vista y deseada.
De la mano la llevo detrás de un enorme biombo con incrustaciones de ámbar y nácar, lacado en negro y rojo representando bandadas de pájaros sobre extensiones de flores, muy cerca del espectáculo. Es una especie de cama redonda donde el espectador accede desde una ventana que se mantiene abierta introduciendo monedas. Allí se cambia de ropa. Cuelga la falda plisada y se viste con un traje rojo brillante, muy escotado y con un largo corte en el lateral que deja entrever el muslo.
Se acerca y me besa. Noto las palpitaciones de su corazón; el nerviosismo de cualquier estreno.
—Fóllame —me susurra al oído.
Por uno de los altavoces suena la música que nos presenta al público, oculto detrás de los cristales ahumados. La función va a empezar.
Bob T. Morrison nace en Barcelona, donde cursó estudios de música, cinematografía y pintura. Sus ensayos, narraciones, artículos y poemas, han aparecido en diversas revistas especializadas. Su obra ha sido incluida en varias antologías de Europa y E.E.U.U. En la editorial "Palabra y Tiempo" publicó Cantos de soledad, amor y muerte. En 1981 dirigió algunos cortometrajes basados en sus propios guiones. en 1985 fue finalista del premio "Promesas", con el volumen "Balada para Helena y otros poemas", que se editó el mismo año, siendo traducido al italiano. Así mismo ha publicado Cuentos Mágicos y ha sido director de la revista literaria Vians Literature. En 1995 se editó la segunda edición del poemario "Tiempos de Alucinación", una serie de textos que se incardinan tanto en el mundo urbano, como en el de los sueños, induciendo en los poemas singulares efectos de efectividad expresiva (Editorial Puente de la Aurora). En 1997 consigue el Tercer premio internacional de poesía con el libro "Paréntesis nocturno".
El libro de relatos cortos Giro Sospechoso es publicado en 1999 por la editorial Laguna Negra, textos en los que utiliza imágenes rápidas y rítmicas, auténticos flashes cinematográficos, girando en torno a extrañas y enigmáticas situaciones que prefieren hacerse y no pensarse.
En Abril del mismo año, le es concedido el primer premio Marco Fabio Quintiliano (Ciudad de Calahorra) por el relato El Juguete del Diablo.
En Junio de 2003 la editorial Calima publica el libro de narraciones Las Arrugas del Tiempo, las cuales están marcadas por sus personajes: gente común con empleos ordinarios e ilusiones vanas, sin redención posible. Seres frágiles sumergidos en pequeños dramas cotidianos.
JAULA ABIERTA
De noche en cuando mi pesadilla es la misma persona que se aparece de pie moviendo un pañuelo blanco al lado de una jaula abierta. Luego de éste su primer gesto aterrador cuelga de los barrotes un letrero que dice:
"cambio comida por 9 horas diarias de sometimiento"
...Y es común que un segundo pase como si fuesen días interminables
pero no sé
si el pañuelo que mueve es porque vengo llegando
o porque me voy
Darío Opazo, 1985,
Concepción Chile.
ARTIFICIOS
I
Decía no buscar una felicidad oficial y sólo conformarse con habitar el más completo desasosiego. Veía pasar los transeúntes y los automóviles desde su esquina iluminada por la noche. Decía no soñar sino vivir la vida que otros más temen, sacaba disimuladamente uno y otro gramo hasta devorarse y desaparecer.
II
Los días pasaban como breves animales en la sombra, seguía haciendo lo mismo, no comer. Se perdía en una historia que le contaron donde un hombre dejó de comer para que su estomago terminara por devorárselo.
III
A diferencia de la mayoría que busca casi siempre la verdad, quería ser el mejor mentiroso del mundo, decía que si diesen un premio al más elocuente fingidor lo más probable es que se lo ganase. Caminaba por el andén jugando a esquivar a la gente y haciéndose según él preguntas ridículas cuestión que en otro tiempo talvez hubiese sido caerse a un hoyo de puro mirar las estrellas.
IV
¿Hacer o no hacer? Se decía: ¿En cuál de los dos se finge menos?.
V
Yo no vine aquí a escribir las costumbres, las pasiones y los hechos de un pueblo. Si no que a inventar nuevas costumbres, nuevas pasiones, nuevos hechos y en definitiva: un nuevo pueblo.
Martin Huerta, 1982. Valparaíso Chile .
OCASO DÍA
VIDA…vida. Te ocultas tras de mí, temerosa, pero danzas frente de todos, temeraria.
La veo e imagínola con su vestido color canela, puesta las tres alhajas que hace dos veranos le obsequié. La concibo con la cautivante sonrisa que día a día tuvo para mí y que hizo de su rostro no sólo una prodigiosa beldad, sino una sin par magia natural. Soledad…
Recuerdo su voz, inocente sonido. La escucho entonando aquella melodía antillana: soledad/ abriga mi cielo/ acompáñame/ con señero velo…, tan igual como cantó la noche de su boda en el JARDÍN DE LA ESPERANZA, verdor del despabilado pecado y testigo de inconmensurables entregas. La noche de su boda, sí, mi regocijo y llanto, mi triunfo y derrota. Jamás he podido saltar esa valla. Jamás he podido caminar de pie.
No olvido el tiempo comprendido entre la puesta y la salida de…mi oscuridad, mi vida y mi muerte. ¿Noche? Boda y encuentro. No existió entrega tan pura para mi alma ni tan virginal para este cuerpo, salvo la suya. Su piel me acarició como el susurro al viento, dejando en la mía su inagotable calor. No he olvidado el tiempo, pero a veces sí la historia. ¿Es la memoria dueña de todo lo pasado?...Sí, y no permite tendernos trampas. Su voluntad es racional ¿o sentimental? No lo sé. No lo sé como tampoco sabré si la noche aquella fue realmente noche, si fue entrega o renuncia, si arribó sola o no, o todas a la vez.
Talvés fue un señero ocaso o quizás fueron dos. Dos verdades para el propio hombre: Dos crepúsculos en sintonía real: Estados naturales de la misma imagen. Azar y lógica. Confusión y destino…Fueron dos. ¿O sólo uno? Uno acontecido dos veces. ¿O uno implicado en otro? Fueron… No lo sé. No los recuerdo bien…
Es un hermoso anochecer en esta templada tarde. Diurno y Nocturno…gracias por oscurecer setiembre, por pactar un instante de pareja y derramar, en la ciudad de la estrella, el dardo que no les pertenece. Tres de la tarde y no puedo respirar el aire. Tiemblo un breve momento y caigo. Cómo olvidar aquella agitación terrenal. Trato de ponerme de pie, pero siento que alguien tropieza con mi pierna y rueda por mi lado. Atino a cogerle el brazo pero es en vano. Percibo una voz, inocente sonido, y corro. Tanteo y vuelvo a cogerla, pero ya no en el brazo sino en la pierna y, esta vez, con más firmeza. Yo no escogí dónde. Logramos ponernos de pie y, ocasionalmente, los celestes cuerpos hacen un alto en su diálogo para volver algún otro día a continuarlo cara a cara con más paciencia y calma. La luz me permite ver un rostro adornado con quevedos incoloros y pendientes circulares invadidos de diminutas imágenes color café; un vestido blanco, bastante entallado, tejido completamente a mano y carente de botones, cierres y demás y unas sandalias de cuero forrado que dejan casi al descubierto una de las partes más bellas de su cuerpo: sus pies. Esos pies que son como toda Ella, madame de nívea y cándida piel.
Ahora su seria mirada clávase en mí y sus finos labios, lentamente, empiezan a acercarse y a divorciarse:
La memoria es dueña de todo lo pasado y su voluntad, aunque no parezca, es sentimental. He olvidado muchas cosas, muchos rostros pálidos y alegres, infinitas voces amigas e incontables días, y no opto por decidir, con seguridad, qué recordar; sé que suena raro, talvés increíble, pero es así. Mas ahora, tendido en esta habitación oscura, carente de ventanas y puertas, a las que algunos llamaban “tēbāh”, evoco con impulsos vehementes y en silencio los crudos paisajes que siguen alimentando mi ahogada respiración.
Sombrío anochecer en este cuarto menguante. Siempre cuestiono, increpo y me odio. No hay contestación a mi llamada…Maldito Laberinto…Cruento momento y sacramento. Ocho de la noche y no puedo dejar de sudar. Seco mis manos en mi pantalón oscuro. Miro el enorme espejo dorado y el reloj y, nuevamente, me pregunto: ¿Cuándo cambiará esta costumbre?, ¿No saben que no sirve y que no ayuda, sobre todo para quien tiene que esperar?... Las dos familias están aquí con trajes muy elegantes. La mía está sentada fijamente en las bancas decoradas con lazos en cuyo centro dice: “Un mariage heureux une ‘Solitude et Gabriel’.” La suya transita alegremente junto a las rosas, los claveles, etc., por el verde natural que acoge hasta el más urbano. Gracias a Dios, ambas parentelas solucionaron sus problemas y las diferencias políticas y culturales quedaron atrás. Transpiro y mi temple es dominado por el nerviosismo y ansiedad. Tengo que esperar un poco más… ¿Eh? ¿Música? Sí, música. Es mi arte predilecto. Ahora la escucho. Es ese esperado tema: tan – tan – tan – tan / tan – tan – tan – tan…fue su voluntad que se escuchara esa melodía hoy. Todos se ponen de pie. La veo y… sonrío. La veo como anoche la soñé. Siempre le dije que el blanco se hizo para ella. La tomo. Escuchamos el clásico discurso. Respondemos juntos que sí y la felicidad, al fin, adquiere prueba legal.
Ahora su mirada vuelve a clavarse en mí y sus finos labios, tiernamente, empiezan a aproximarse y a divorciarse:
- /ť/ /e/ /a/ /m/ /o/
- Te amo.
Tras dos estaciones no he podido alejar de mí sus ojos, sus cabellos, mucho menos su voz. No puedo escapar del laberinto que circunda mi mente ni girar el timón que gobierna el temible pero ansiado sueño.
Me abraza, me coge de la mano y me lleva de prisa al centro del Jardín. Hace gestos a la orquesta. Me besa. Me da un beso. Sube al estrado, patrimonio de la ciudad de la ciudad y del país, donde sólo se presentan los grandes artistas y conjuntos musicales: Alma Negra estuvo el mes pasado, el anterior, tocando sus clásicos temas por la clausura del segundo festival de Rock and Pop. Ella me mira y empieza a cantar: Gabriel/ abriga mi cielo/ acompáñame/ con señero velo… Su voz deja eco en mis huesos. Palmas. Todos aplauden. Todos, todas…pero ¡No! ¡No! Cómo olvidar aquella agitación terrenal. La gente empieza a correr. Gritan y huyen despavoridos. Las copas caen, se rompen, mientras la comida resbala… Corro hacia ella que está en el suelo con el vestido enganchado. Voy a su cuerpo. Voy… ¡No! Voy a su sangre. ¡Sangre! No puedo contener mi llanto, mi rabia, mucho menos escapar del lugar. Estoy junto a ella. Su mano acaricia mi piel y su rostro empieza a ser el mismo del vestido.
Dos veranos, cierto, y no he podido olvidar esa dualidad, pues, como suelen decir, parece que fue ayer. La amnesia, lamentablemente – aunque suene algo fachoso – no siente afecto ni compasión por mí. El dolor que me envuelve posee un único motivo: ella, y su ausencia, desde hace buen tiempo, ha determinado mi estado. Éste ahora delira y, taciturno y callado, se dirige hacia el mutis eterno.
Mi voluntad ha perdido la suya y yo, solitario, cansado, ululo por ella. Todos lo hacemos de alguna u otra manera, con o sin intención. Posiblemente sea en vano e insuficiente pero nunca será innecesario.
Ahora, la sangre que estuvo en ella, ya está en mí. Por ello estoy así: enclaustrado, pero cerca de la libertad. Dormiré en esta cama y despertaré en el lugar donde las flores y los pájaros jamás se apagan.
Alain Sachún Benitez
nació en Trujillo – Perú, el 22 de Enero de 1986. Es estudiante de la Universidad Nacional de Trujillo, ubicada en el norte del Perú, y cursa la carrera de Educación Secundaria en la mención de Lengua y Literatura. Forma parte del grupo literario "Pluma de Carne", nacido en las aulas de dicha universidad y, actualmente, preside el Centro de Estudiantes de Lengua y Literatura (CELL).Su correo electrónico es:
lettreetsigne@hotmail.com
Por Gonzalo Del Rosario
Hubo una vez hace mucho tiempo, en un jardín de un parque escondido entre la ciudad, los ruidos, la contaminación, la gente y sus policías, cuatro flores que se burlaban acérrimamente de una muy pequeña y algo extraña.
-Yo soy Rosa, a mí la gente me quiere porque soy bella y a la vez difícil, por mis espinas, aunque pagan mucho por mí a la hora de enviar algún presente a sus seres queridos, aparte huelo bien, en cambio tú, Kany, eres una planta fea y sin gracia, hueles horrible y todos te detestan ¿sí o no muchachas?- y las demás: Violeta, Clavel y Margarita asentían sin objeciones todo lo que Rosa manifestaba; por esa razón, Kany siempre se sentía mal, ya que no podía explicarse por qué sus compañeras la menospreciaban.
Kany vivía cada día un eterno tormento, el cual se iba repitiendo sin tener cuando acabar, puesto que aquellas cuatro flores la molestaban desde el amanecer hasta el atardecer; y lo peor de todo era que no podía moverse y huir. Sin embargo, a pesar de aquellas ofensas, carentes de causa, Kany no guardaba rencores de ninguna índole hacia sus compañeras.
-Chicas, ya es hora-, -¿de qué?-, -de molestar a Kany pues-, -ah sí-, -comienza tú, Violeta-, -bueno, yo soy mejor que Kany porque mis colores son muy vivos y llaman la atención desde lejos, a la gente le gusta verme y tenerme siempre cerca-, -te toca a ti Clavel-, -yo soy mejor que Kany porque a mí me quiere todo el mundo, ya que puedo vivir donde sea, soy quizás la planta más popular del planeta,-, -¡Oye!-, -claro, después de ti Rosa, no puedo compararme-, -así está mejor-, -y soy indispensable como ornamento, en cambio a Kany nadie la quiere, ni la necesita ¡Nadie!- NADIE, NADIE, NADIE . . . y aquellas palabras no la dejaban descansar ni cuando era de noche porque sentía que seguían molestándola en sus sueños, o mejor dicho, pesadillas.
Por ello, Kany lloraba desconsoladamente ante la risa impune de sus compañeras, a quienes no les importaba sus sentimientos y la odiaban sin conocerla.
A la única a quien le empezó a remorder la conciencia, después de tanto agravio, fue a Margarita, no obstante no hizo nada, como era de esperarse, por temor al qué dirán –ya empezó el día nuevamente, Margarita, te toca dar inicio a la ronda de insultos y de explicar por qué nosotras somos superiores a Kany-, -sí, demuestra la tesis de la flor y la súper flor-, -bueno, yo . . . yo . . . es decir nosotras-, -ya, habla-, -en mi caso, las parejas suelen utilizar a las margaritas para saber si están o no enamoradas-, -eres una planta del amor-, -sí, las parejas se enamoran conmigo, en cambio tú . . . tú . . . Kany . . . eres . . . eres . . . respugnante, repugante y fea- REPUGNANTE Y FEA, REPUGNANTE Y FEA, REPUGNANTE Y FEA . . .
Kany no osaba defenderse, era su naturaleza, ya se había resignado a continuar eternamente así, llorando y humillándose día tras día, mientras se preguntaba en pensamientos: “pero si no soy bonita, huelo mal, no sirvo ni como adorno, mucho menos me deshojan para enamorarse, si no sirvo para nada entonces ¿por qué he de seguir existiendo, si todos los seres que conozco me aborrecen?- y continuaba sufriendo (y leyendo a Sartre) esperando que se cansaran de despreciarla, imaginando que quizás algún día podrían convertirse en buenas amigas, total, ella no las odiaba, al contrario, quería conversar -simplemente no me conocen- ¿y si hablo con ellas? pero me rechazarían, no me escucharían . . . y así prolongaba sus noches, intentando analizar a sus compañeras para no dormirse y retornar a aquellas pesadillas inquisitorias.
Una mañana, una pareja de adolescentes enamorados pasó por aquel parque escondido, se sentaron en una banca y empezaron a besarse –miren, miren, una pareja-, -seguro que me llevan a mí-, -No, a mí-, -No ¡A mí! porque yo soy la planta del amor-, -pero ellos ya están enamorados-, -¡A mí! Yo siempre seré el regalo perfecto-, -y yo el adorno perfecto- mientras las cuatro discutían y especulaban sobre su futuro; Kany no se atrevía a decir nada, sólo miraba al suelo muy afligida como avizorando su destino: “jamás se fijarán en una planta tan fea como yo”.
Al parecer, las flores habían hecho tanta bulla que la pareja dejó de besarse y volteó la mirada para ver qué estaba pasando. El chico se aproximó sonriendo –Maaanya, mira esta plantita-, -a ver amor . . . ¡Qué bonita!-, -¿la quieres?-, -siiií, un montón-, -y ya está lista para la acción- entonces Rosa, Violeta, Clavel y Margarita se pusieron muy alegres al saber que por lo menos alguna de ellas iba a ser elegida, empero el chico se acercó a la triste Kany y delicadamente le arrancó un par de moñitos los cuales condujo a sus fosas nasales –¡Nos ganamos! Es de la rica, de la buena y de la mejor ¿cómo habrá llegado hasta acá?-, -no sé amor pero saca la rizla que me han venido uuunas gaaanas-, -saca tu cuaderno pe, pa' desmoñar- las demás flores se quedaron boquiabiertas, no podían entender cómo el chico las había rechazado y tomado aquellos antiestéticos moños de Kany, quien mostraba una sonrisa entre avergonzada y dichosa –¡Uyyy sí!, ¡Wau, es la ganya más rica que he probado en años!-, -mintiendo y lanzando amor, mintiendo y lanzando- el chico cayó a la grama y empezó a cantar -debe de estar bien fuerte como para que te regresen las lenguas de fuego-, -Quando para mucho mi amore de felice carazón, Mundo paparazzi mi amore chicka ferdy parasol, Presto obrigado tantamucho cake and eat it carousel1-, -mi amorcito y su beatlemanía-, -y tú, con tu batelmanía- todas observaron a Kany con más odio que el standard porque la pareja, no contentos con rechazarlas, estaban escarbando alrededor de ella para llevársela en una bolsa.
En efecto, la pareja cultivó con mucho amor a Kany en el techo de la casa de la flaca; y Kany no se hizo de rogar, ya que dio muy buenos moñitos, los cuales lograron disfrutar junto a sus amigos en cuanta reunión organizaron. Todos comentaban lo bien que sabía Kany, y todos querían más que un simple toquecito, y todos ansiaban llevársela, y ¡TODOS! olerla el día entero; aparte de admirarla por la belleza y perfección de sus hojas; y la relajación al inspirar de su humo natural. El chico se volvió multi-millonario, mudándose a la selva con su flaca, donde todos los hijos de Kany, la semillita de Cannabis, vivieron felices por los siglos de los siglos. Así sea.
Y chapulín colorado, este cuento se ha terminado, no contaban con mi astucia . . . a ver mintiendo y lanzando, por favor . . . mintiendo y lanzando . . . pero toca rápido peee que hace frío . . .
MORALEJA: No olvides regar bien tus plantas porque algún día pueden darte mucho dinero . . . y rolea bien por favor que luego corre mal.
Gonzalo Del Rosario nació en Trujillo – Perú, el 23 de Enero de 1986. Estudia Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de Trujillo. Es miembro del Grupo Literario “Pluma de Carne” quienes publican la revista “Estigmas”. Algunos de sus cuentos han sido publicados en las revistas: “Remolinos” de Lima, “Scienciales” de la Universidad La Cantuta, Lima; y “Revista Voces” de Madrid – España.
Escribe periódicamente en su blog: http://web-ad-ass.blogspot.com/
6
El mañaña estaba preocupado por la cercanía de la muerte, hasta se puso a llorar. Me decía que a los cincuenta estaba bien morirse, que al guru-guru, a ese lo van a encontrar muerto cualquier día porque no come nada. Almirante Simpson es la calle donde está ubicada la Sociedad Chilena de Escritores. Seguramente mañana tendré que acompañar a mi madre al supermercado. Por ahora estará bien masturbarse.
7
El tiempo avanzó tal como tenía que avanzar, determinado por leyes de la física universal. Es un domingo esperable. Una hormiga navegaba por mi piel, era una hormiga pequeña que tuve que ejecutar con uno de mis dedos. No importó el asunto de la hormiga. Estaba sentado en una banca del parque Bustamante. Más allá un grupo de alegres jóvenes filmaba una película con profesionalismo, o semi profesionalismo. Utilizaban, seguramente, palabras como rodaje, zoom back, zoom in, y sentían que con esas palabras aseguraban un estatus mayor. Terminaron su labor y yo tarareaba una canción de Charly García, y mientras tarareaba mi voz fue pareciéndose cada vez más a la del general Pinochet. Concluí que tenían las voces parecidas, o casi iguales, y que Pinochet, si fuera más joven y más rockero, cantaría como Charly García.
Los ciclistas, alegres jóvenes también, hacían sus piruetas en el parque. Las parejas, con su amor determinado (por leyes de otra ciencia universal) y su rutina agradablemente determinada, descansaban y hasta rozaban, escondidamente, sus sexos sobre el pasto seco, pero verde. Prendí el primer cigarro del día y me devolví al departamento. El guru-guru estaba tendido, durmiendo sobre la vereda, con una caja de un litro de vino tinto. Lo miré y, entonces, recordé nuevamente cuando el mañaña me advertía que el guru-guru en cualquier momento moriría.
Felipe Bustos. Santiago-Chile 1983. Destacado delantero de equipos de futbol anónimos o imaginarios.
LA LENGUA QUE HABLAN LOS MUERTOS
Mi nombre es Roberto Voyalbaño. En otro tiempo tuve una fascinación por la muerte y soñanaba a menudo haber estado en Tenochtitlan. Ahora puedo decir que he cambiado, debido a largos intentos frustrados de suicidio, supe que la muerte no me ama más que yo a ella, me he girado; y heme ahora aquí desnudo y riendo como una hiena, reivindicado con las fragancias de la vida. El señor Alejandro González que aveces me habita dice: ¡Me gusta la vida! Mientras le hablo sobre lo que dicen algunos sabios sobre ella, juicios de valor más que otras cosas. ¿Y la muerte? ¿Te gusta la muerte? Me dice. Para saber algo más de ella tendríamos que ir a interrogar a los muertos y ¿Cómo hacemos eso? Se rasca la cabeza, reflexiona, suspira y luego continúa: tendríamos que ir a donde viven supuestamente los muertos, es decir, al cementerio, pero ¿Cómo nos comunicaremos con ellos? ¿Cuál es el lenguaje de los muertos? No sabemos si ellos hablan Español, piensan en Ingles, saludan en Alemán, se ríen en Latín o murmuran en Griego o puede que deliren Arameo u otra posible lengua extranjera o de Dios ese negro hoyo. Entonces tendríamos que hablar en el o los lenguajes de los muertos ¿Y si movemos cosas? No weon le digo, esos son los fantasmas, esos no están bien muertos. Definitivamente para saber algo de ellos, de los muertos, tendríamos que hablar en su lengua o talvez en alguna lengua de infinito.
Alejandro González Rodríguez. 1979. Santiago-Chile.
Salvatierra
Una noche fría. una caja de vino por la mitad y los últimos dos cigarros de la caja. las veintitrés horas del primer día de la semana. una tele de catorce pulgadas y un aburrido programa de concursos. una mosca. unos guantes de box colgados en la pared y unos cuantos sueños rotos. un golpe en la puerta.
-¿quién eres tú?
-mi nombre es Alfredo, soy amigo del perro Juan…
-qué quieres.
-yo, yo…- y le tirita la pera.
-sí, sí, tú, tú. Qué quieres.
-mi amigo me dijo que…
-qué mierda quieres.
-¿puedo pasar?- y los nervios que no le dejan ni sacar la voz.
Silencio. silence. el intruso está bien vestido y asustado. parece una gallina en traje de fiesta. uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos.
-está bien, adelante.
Y entran. y el viejo se tiende en la cama y se llena el vaso con tinto, mientras el intruso se queda de pie, mirando las murallas, mirando el techo, sonriendo nervioso, sudándole las manos. Silencio. de pronto un sonido que ambos conocen, y el olor respectivo. el pobre Alfredo siente asco, contiene la respiración, suda. Silencio.
-y bien, ¿se va a quedar parado ahí toda la noche?- dice por fin el viejo, con voz seca. Alfredo ríe. es un remedo de hombre, es una gallina en traje de fiesta, piensa el viejo.
-como le dije, soy amigo del perro Juan y soy un admirador suyo, para mí es un sueño estar acá con usted, lo veía en la tele, pega fuerte Salvatierra, pega fuerte…
-resume, resume, no tengo toda la noche- mintió el viejo. silencio.
-mi mujer me caga, me pega en la nuca…
y con razón, pensó Salvatierra.
-¿y qué quieres que haga yo? ¿acaso tengo cara de doctor corazón?
-quiero darle una paliza al hijo de puta que se acuesta con mi mujer- y se pone serio, y se le sube la sangre a la cabeza, y la gallina trata de mostrar los dientes, pero la pobre gallina sólo cacarea…sólo cacarea.
-está bien.
-le pagaré.
-¿perdón?
-le pagaré por darle una paliza a ese puto de mierda.
Pobre gallina. ni siquiera tiene pelotas para poner un derechazo. es un pollo. un pollo asustado y fracasado. miren como dice pío, pío, pío. silencio. silencio hospital. más silencio. un montón de silencio.
-¿y qué te hace pensar que aceptaré? ¿de dónde mierda sacaste que soy un matón?- dice finalmente el viejo.
-oh, disculpe si lo ofendo, es sólo que el perro Juan me dijo…
-perro Juan, perro Juan, a la mierda el perro Juan; yo no soy un puto matón.
-discúlpeme señor Salvatierra, es sólo que pensé…
-tú no pensaste una mierda- y el pollo se ríe de puro nervioso, y el pollo está asustado, mírenlo, mírenlo, pío, pío, pío. Un minuto de silencio, el último trago tinto, la mosca, un pollo con cuernos y sin pelotas, los guantes de box y el último cigarro.
-bueno señor Salvatierra, si no le molesta me retiro, es tarde y…
-¿cuánto?
“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda, las mujeres que olían bien, el whisky y los habanos cubanos, días de triunfos, pega Salvatierra, pega, las apuestas, los títulos, los periodistas, la vida da muchas vueltas, hermano, un día en el cielo al siguiente en el suelo, nunca lo olvides hermano…”
-¿perdón?
-dije que cuánto sueltas por el azote- y el pollo sonríe, pío, pío, pío, y le vuelve el alma al cuerpo.
-cincuenta mil.
-puedes irte.
-sesenta.
-cien.
-trato hecho.
El bar Tenesse estaba cruzando la ciudad. allá se juntaban los tortolitos cada tarde a las ocho (y las clases de yoga que nunca fueron), luego el hijo de puta atravesaba el callejón para ir a buscar el auto al estacionamiento; él debía esconderse en las sobras y atacarlo cuando pasara por ahí, azotarlo, masacrarlo, pega Salvatierra, pega. estaba todo fríamente calculado…pío, pío, pío.
Siete treinta pe eme. seis grados sobre cero. dos bocinazos en la calle. el viejo deja su aposento y se sube al pollo-móvil. se dan últimas indicaciones y se entrega la primera mitad de la paga, según lo acordado. Tenesse: ahí están los tortolitos. el pollo espera en el auto, el viejo y sus viejos días de gloria caminan una calle, doblan a la derecha, encienden un cigarro, entran en el callejón y se esconden en las sombras.
“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda, las mujeres que olían bien, el whisky y los habanos cubanos, días de triunfos, pega Salvatierra, pega…”
llegó el momento, ahí viene el hijo de puta, fuerte y derecho, ahora Salvatierra, ahora…
-hey tú.
-¿yo?
-no veo a nadie más aquí…
“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda…”
-¿tienes un cigarro?
Y busca en el abrigo y saca una caja de Marlboro y se la acerca al viejo. saca uno y lo enciende.
-gracias buen hombre, que el señor se lo pague…
Y sigue su camino, se sube al auto y se va…el viejo termina el cigarro y echa una meada en el muro. silencio. Así es la vida, pobre pollo, así es la vida…
-¿cómo le fue?
-¿con quién crees que hablas?
-oh, muchas gracias señor Salvatierra, sabía que usted…
-ya, ya, vamos por la otra mitad.
Veinte, treinta, cuarenta, cincuenta; cien mil pesos frescos: Cuentas claras conservan la amistad.
Alfredo puso en marcha el vehículo y volvieron a casa por la carretera. En el camino conversaron de la paliza; el viejo se entretenía contando detalles de su hazaña, el hijo de puta me suplicaba que lo dejara, me suplicaba como una gallina. Y reían, y se bajaron en un bar a celebrar, y bebieron cerveza hasta tarde, y se abrazaron, y luego, cuando el viejo se bajó del auto para entrar a su casa, el pollo sacó una libreta y un lápiz y dijo:
-señor Salvatierra, ¿podría pedirle un último favor?
-cómo no, amigo, cómo no.
-¿podría firmarme un autógrafo?
“Y recordaste esos días de gloria, recordaste las palmadas en la espalda, las mujeres que olían bien, el whisky y los habanos cubanos, días de triunfos, pega Salvatierra, pega, las apuestas, los títulos, los periodistas, la vida da muchas vueltas, hermano, un día en el cielo al siguiente en el suelo, nunca lo olvides hermano…”
-por supuesto, por supuesto…
Para un gran amigo, un abrazo
Martín Salvatierra
El último apretón de manos y a seguir cada uno su camino: los perros ladrando, los guantes colgando en el muro, los días para bien o para mal pasando uno tras otro. así es la vida, hermanos, así es la vida…
Descanso
Cuatro sujetos quedan detenidos en espacio y tiempo. Descansaban alrededor de un fuego. Al cerrar sus ojos todos comienzan a soñar y a ser soñados por otros. El tiempo se hace nada y los cuatro sujetos son narrados por espíritus morenos. Pieles de arcilla juegan alrededor de los viajantes, extranjeros perdidos en ideas que no les son propias.
Representan otra historia, una anciana de arcilla canta con ternura la historia de los sujetos albos perdidos en el sueño de los hombres de arcilla.
Los espíritus bailan alrededor de la historia cantada por la mujer de barro. Todos balbucean el caminar curioso de esos cuatro sujetos perdidos en su tiempo mientras el humo los desaparece.
Neblina y humo cubren este baile de los muertos que cantan a los vivos. Una niña de arcilla se pregunta por el destino de estos emigrantes perdidos en su idea de volverse utilidad. Cierra sus ojos y se pierde en sus temores, se siente ellos y se desorienta. Piensa en
el mundo abandonado recorrido por ellos, lleno de recuerdos que brotan como hierba para ser asumidos por quien se les cruce.
Hambre
Imagina que despiertas y te han traicionado. Ocurre que al abrir tus ojos las cosas ya
no son tal cual. Que siempre estuviste enfermo, desde el momento que te marcaron, que te parieron. Imagina que la rabia nos inunda, que la manzana de la discordia da visto buen a la lucha por un mordisco. Y que tras el encuentro el mordisco nos los da ella.
Igor Venegas de Luca
(Peñañolèn, Chile, 1980), miembro de LINGUA QUILTRA. Estudiante de Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena en la Universidad de Santiago de Chile.
ZOOMBIDOS Y CARCAJADAS
Pasaba toda la noche riéndose a carcajadas. Voladas sus sienes como hoyos. Voladas sus noches y ahora de nuevo se decía: mil horas sin poder dormir, todas las noches riéndome a carcajadas. No poseía recuerdo alguno más una que otra imagen que le señalaban que en un momento entre tantos de su vida estuvo en el fondo del mar. Toda la noche riéndose a carcajadas. La risa es mi única divisa se decía; y su risa golpeaba al mundo como tragedia y entraba en la tragedia como entrando y saliendo de sí mismo y de la madre; y sólo porque es un mundo y afuera se decía: toda la noche riéndome a carcajadas. La ciudad giraba dejándole ver los verticales espacios abrirse como cicatrices que no serán parte de ninguna historia y las creaturas de su imaginación eran insectos que volaban a su alrededor y zumbabanle al oído terriblemente como si lo llamasen su padre.
DIALOGO DE SORDOS
A, mostraba los cinco dedos de su mano derecha como queriendo decir algo que D nunca entendió, como queriendo decirle que estaba vivo y que respiraba o al menos que estaba ahí y no estaba plantado. D, tomaba papel y lápiz y comenzaba a dibujar una mesa de tres patas izquierdas y encima de la mesa un gato también de tres patas izquierdas. Todo esto ambos lo hacían pensaba yo como queriendo justificar algo: SU EXISTENCIA.
Matías Fernández 1982. Pozo Almonte-Chile. Es licenciado en Criminalística UTEM. Actualmente trabaja en su proyecto escritural "Nobles formas de morir" libro que se mantiene y desea mantener inédito. Dirige la revista PODER DE FUEGO, reside en Barinas ciudad de Venezuela.
Felipe Becerra
Esto que sigue le va a doler mucho a la mami. A ella no le gusta recordar esta parte de la historia y sólo lo hace cuando nosotros la obligamos. Mírenla ahí, sentada en el escalón de la puerta. Pobrecita, no se da ni cuenta de lo que vamos a hacerle. A veces no quisiéramos machacarla tanto, pero no lo podemos evitar, tenemos que limpiar nuestros cuerpos de toda esta porquería que se nos ha pegado por años. Lo lamentamos tanto por ti, mamita, pero tenemos que volver al canturreo, tenemos que hacerlo. Han pasado meses desde que empezamos todo esto y Rocío, nuestra madre, ya no mira medio escondida por la ventana. Ahora está sentada en la entrada de la casa. Tiene muy claro que no va a pasar nadie por la calle hasta que oscurezca. Por eso, amigos, Rocío pone todos sus ojos en ese lagarto que toma sol sobre el capó del auto. Ella lo mira, lo mira tan fijamente que llega a darnos envidia. A nosotros ella nunca podrá vernos, al menos no como somos en verdad. Nuestra madre nunca nos va a mirar y hacer cariño. Nunca nos va a dar besitos en la oreja ni podremos regalonear con ella. Por eso el lagarto ese nos da una envidia gigantesca, amiguitos, y por eso ya no nos da tanta pena continuar la confesión y ver sufrir un buen rato a la mami. Les íbamos contando una historia y quedamos a medio camino del matadero. Todos los estudiantes para doctor caminaban como gansos por corredores estrechísimos. Se agolpaban a oscuras bajo los suelos de esa universidad playanchina. Iban en busca de sus trabajos, ¿recuerdan?, iban en busca de esas cabezas que se les habían desaparecido y que no podían dejar de rescatar. Tenían que hacerlo, por eso dirigían sus pasos hacia las piletas, aunque de tanto miedo sus piernas flacuchentas temblequearan y ya casi no pudiesen mantenerse en pie. De repente, tras bajar unas cuantas escaleras, se toparon con un portón metálico. Todos cerraron el buche al mismo tiempo. Se miraron las caras y nosotros nos atrevimos a lanzarles algunos escupitos desde acá arriba. Pero eran tontos y entraron igual. El musculoso que los dirigía fue quien abrió el portón. Entonces entraron cada uno sin apartarse del otro, como si así todos achoclonados no pudiese pasarles nada malo. Adentro de ese subterráneo daba un frío terrible, amigos, terrible hasta para nosotros. Un aire congelado entraba por las narices y quemaba los pulmones así como la escarcha quema el pasto. ¡Y el olor! Ese olor a plástico que empapaba hasta el cerebro, un olor que nuestra madre todavía no puede sacarse del pelo y de las lágrimas. Cada vez que Rocío recuerda lo que pasó esa mañana sube por su cuerpo este aire mugriento que la enferma y le recorre la cabeza hasta apolillarle el sueño. Y de su cuerpo el aire llega hasta nosotros en forma de remolino, de vientos salvajes hinchados con eso que llaman formol, ventarrones que chamuscan nuestra piel y la dejan más hedionda y llena de manchas de lo que ya estaba. Se imaginarán entonces que al ver a Rocío fijar sus ojos por tanto rato en ese reptil, nos vienen unas ganas enormes de meterle en la cabeza los recuerdos de ese olor y de ese frío y de hacerle costras por todas partes durante muchos muchos días. Pero también nos da miedo, nos asustamos porque las pesadillas que le chorrean a la mami también nos envuelven a nosotros y nos dejan cubiertos de moretones y nos hacen llorar tanto como a ella. Pegarle a nuestra madre es como pegarnos nosotros mismos. Pero tenemos que hacerlo. Los estudiantes se internaban pasito a pasito en esa boca de lobo. Además de la sonajera leve de un motor, no se escuchaba nada. Tampoco se veía nada. Estaban entumidos, refregándose los brazos en pleno silencio y echando vapor en sus manos, cuando de repente alguien encendió la luz. Y de golpe se apareció el escenario ante sus ojos asustados, como si alguien al prender la luz hubiera disparado al cielo un flash de cámara fotográfica. Un escenario atroz, de verdad. Seis piscinas bajitas pero enormes cubrían todo el subterráneo. Y en esas piletas flotaba de todo, de todo lo que se puedan imaginar: pedazos del cuerpo humano que navegaban por esas piscinas como barcos negros de papel, también muertitos intactos que los estudiantes de doctor no macheteaban todavía, muertos que pensaban, amigos, que pensaban mirando algo más arriba del techo y de las nubes y del espacio. Nosotros estábamos a punto de ser concebidos y ya en la guata presentíamos el cuco horrible de la escena. Pero los estudiantes no. Los estudiantes se repartieron por el lugar en busca de sus cabecitas tajeadas. Parecían guarenes, había que ver con la desesperación que registraban las piscinas. Al rato uno de ellos reconoció los trabajos que habían perdido y otros ya insultaban sus pobres madres por ver quién se metería en la pileta para sacar las cabezas. Rocío apenas aguantaba, quería tomar la suya y escaparse lo antes posible. En cambio nosotros ya queríamos aparecer, que por fin arrancara la juerga y el despelote. Nuevamente fue el deportista musculoso el que se adelantó. Se arremangó los pantalones, dejó a un costado sus zapatillas y calcetines y metió sus patas en ese líquido. Entonces comenzó a tomar cada cabeza con sus manos peludas y preguntar a viva voz de quién era ésta o esa otra. Nosotros ya cortábamos las huinchas por salir. Los varoncitos fueron tirando tímidamente algunos chistes sobre las pobres cabezas. Pero después de un rato, amigos, la chacota se endiabló. El musculoso empezó a tirar las cabezas como quien lanza una sandía. Todo se cayó en la depravación. Los estudiantes carcajeaban, gritaban, se armó como un circo embrujado. Los que ya habían recibido su cabeza la sostenían ante sus propias caras y las hacían conversar de manera muy perversa, garabateaban a través de sus bocas, hasta las hacían darse besos entre ellas y también a sus pirulas y también a sus tetitas. Alguien sacó una cámara y se puso a sacar fotos a los estudiantes que hacían figuras pornográficas con las cabezas y los esqueletos que estaban al fondo, mostrando todos sus dientes filudos al matarse de la risa. Nosotros en ese momento ya teníamos medio cuerpo afuera. Poco a poco, amiguitos, la historia va penetrando en el cerebro de Rocío. Ella sigue mirando ese maldito lagarto que toma sol. Él también la mira a ella, muestra sus dientes como los estudiantes y a veces le saca la lengua. Entonces nuestra madre se sonríe y ahí sí que se nos parte el corazón, porque pareciera dirigir esa sonrisa hacia nosotros. Por eso decidimos meternos, decidimos entrar a codazo limpio en las tripas de este reptil. Y desde aquí la miramos a ella, desde esta sangre congelada. Nosotros también le sacamos la lengua, pero ella ya no se sonríe. Su carita se le vino como guardabajo de temor y eso nos pone contentos, porque así vemos que las verdades que estamos confesando empiezan a hacerle efecto en su cerebro. Y ahora igualmente nuestras caritas empiezan a llenarse de nerviosismo y de angustia, porque ustedes ya saben que a nosotros la paliza también nos llega. Además de que volvemos a darnos cuenta de que aunque nos metamos en los vientres de todos los bichos y reptiles del mundo la mamá jamás podrá vernos como realmente somos ni podrá reírse de nuestras lenguas afuera ni de ninguna otra gracia que le hagamos. Rocío se veía aturdida entre todos esos flashes y el griterío y las carcajadas de sus compañeros. En cambio el deportista parecía una bestia al salpicar todo ese líquido cuando sacaba con fuerza las molleras de la piscina. En algún momento se colaron otros en el líquido y empezaron a chapotear en él, mojando a todos sus compañeros en ese oleaje depravado que ponía las carnes de gallina. Los flashes no paraban y alguien encendía y apagaba la luz para que el subterráneo lleno de muertos se disfrazara de discoteca. El subterráneo entero era un pescuezo con arcadas. Y de repente el deportista musculoso empapado en formol, agarró una cabeza y se la tiró a Rocío. Ella apenas alcanzó a reaccionar, atajó la cabeza entre su pecho y sus brazos como a una guagua. Entonces el Tatita Dios con toda su perversidad debió haber metido mano, porque nuestra madre vio que los labios del muerto la besaban justo en sus pechitos por sobre la ropa mojada. Eso es lo que vio la mamá, queridos amigos. Por eso gritó entre la jarana de sus compañeros. Gritó porque vio esos labios morados o cafés, vacíos de sangre y de vida, que besaban con lengua y todo su pobre cuerpo. Pero también porque debió adivinar nuestra aparición. Debió adivinar que hace rato nos habíamos librado de las cadenas que nos atragantaban y que ya corríamos con la locura suelta por todo el subterráneo. Que montábamos sobre las cabezas que de un lado a otro volaban por el aire como chonchones. Que estábamos felices. Que estábamos furiosos. Que habíamos llegado desde lejos para meternos en su cerebro y rayar con ñache las paredes de su espíritu. Ahora nuestra madre llora. La imagen del lagarto se ha empañado entre todo ese formol que se amontona en sus ojos. Entonces nosotros manejamos el reptil desde el frío de sus tripas y la miramos, la miramos con odio y lanzamos un chillido horrible que le hace daño como el balazo de un ángel. Luego saltamos del capó del auto y gateamos rápido por la arena con estas patas llenas de escamas. Nos encarrilamos hacia ella. La miramos, la miramos con furia. Queremos comernos un poquito de su pierna, masticar su pierna entera, todo su cuerpo. Y ella llora porque le damos miedo, reconoce lo que se viene, recoge sus piernas, se para. Nosotros nos acercamos con la lengua afuera y una pelota negra en el cogote. Escuchamos a nuestra madre gritar dentro de la casa. Nos ha cerrado de un portazo. Al menos ya terminamos, a la fuerza le metimos el recuerdo. Y ahora nos damos cuenta de que su cabeza se le está reventando en mil pedazos, porque meterle este recuerdo es igual que darle un palo fuerte a una piñata, y entonces los sueños caen sobre nosotros en este chorro grueso y mugriento que nos ahoga y nos arrastra quién sabe para dónde.
La hiperkinesia de las manos
No podía dejar quietas las manos ni una milésima de segundo, existen mundos artificiales y especulativos balbuceaba para sí, podría llenar millas de paginas en blanco pero nunca podría llenar el tiempo más que de morisquetas y gestos absurdos, perdía luchando contra la bestia rosa terrible que era su larguisimo insomnio. Apagaba la luz tratando de dormir miraba el techo de su pieza cerraba la boca y decía: Mañana me despertará mi mano, la misma mano de siempre que nuevamente no hará otra cosa que sobajearme el sexo.
Gabriel Silva, 1975 Viña del mar-Chile.
CHARLIE BROWN
ONCE TREINTA PE EME:
Hay olor a caca- dijo Taiba.
Teniente Alberto Taiba; cuarenta y cinco años, veinte en la institución. Viudo, sin hijos. Entró por influencia de su familia.
-es verdad- agregó Fernández, que era el que conducía.
Sargento Jorge Fernández, cuarenta años, veintidós años en la institución. Casado y con tres hijos. Entró por falta de oportunidades.
-¿te cagaste Charlie Brown?- dijo maliciosamente Taiba, mientras giraba el cogote para mirar al joven del asiento trasero.
-no, yo no, teniente- respondió González, con un ligero temblor en la voz.
Michael González; veintitrés años, recién ingresado a la institución. Soltero, sin hijos. Le llamaban Charlie Brown por el dudoso parecido físico que el teniente Taiba le encontraba con el personaje de Schulz. Presenció en silencio bajo amenazas cómo su padrastro abusaba sexualmente de su hermana durante años, mientras él no podía hacer más que rezar un padre nuestro entre dientes. Entró a la policía para de alguna manera hacer justicia, para castigar a los cerdos como su padrastro. Hoy era su primera ronda nocturna.
Revisen sus bototos caballeros, no vaya a ser que alguno haya pisado mierda- concluyó Taiba. Revisaron: nada de nada…alguien se había cagado, y ciertamente no había sido González.
EXACTAMENTE MEDIANOCHE:
Sigue la ronda por calles desiertas. Me siento un poco nervioso, pero a la vez me gusta. Me gusta sentir que estoy cumpliendo la promesa que me hice desde niño: servir a la justicia, hacer un bien a la ciudadanía. Mis compañeros de ronda llevan años en la institución, son hombres de mucha experiencia, y eso me tranquiliza…aunque no puedo negar que me ponen un poco nervioso con sus bromas. Me han dicho que hoy es mi bautizo. Es mi primera ronda nocturna, por eso lo del bautizo, mamá. Si pudieras verme…
CERO HORAS DOS MINUTOS:
Taiba se baja del furgón; los sujetos intentan huir, Fernández los intercepta. -¡revísalos González! González los tira contra el muro, les abre las piernas, no llevan nada, revisa los bolsillos, una papelina de cocaína –cocaína teniente-. Patada en el culo, patada en las costillas, escupos en la jeta, escupos al cielo y todo sigue igual. La ley sube al vehículo y cuidadosamente extiende una línea blanca que prontamente desaparece por las fosas nasales del sargento Fernández y el Teniente Taiba extiende de forma paralela al meridiano de Greenwich otra línea que no tarda en esfumarse entre la sangre de la ley. A la ley se le acelera el pulso y Charlie Brown se niega a prestar su sangre, pero le tirita la pera, le sudan las manos, y la voz roñosa del teniente- ¿te da miedo Charlie Brown?- y Charlie Brown que mira la luna llena perdido, sin saber dónde mierda está metido.
LUNA LLENA:
Hay luna llena y la ronda nocturna continúa silenciosamente. Desde que el joven del asiento trasero se negó a consumir cocaína nadie más dijo una sola palabra. Nuevamente olor a caca, pero esta vez nadie mueve un dedo por averiguar qué pasa. Calle San Diego hacia el norte, luces bajas, Avenida Diez de Julio hacia la cordillera, silencio, algunos grupos parados en las esquinas desaparecen como ratas en las alcantarillas.
-mira Charlie Brown, te voy a dar un consejo- dijo de pronto Taiba, rompiendo el hielo. -dígame- respondió el joven con voz baja e insegura.
-mira, acá no puedes venir a dártelas de héroe ¿me entiendes? Esta ciudad está infestada de ratas, andan por todas partes, en las esquinas, en las poblaciones, en todas partes. En las empresas están las peores ratas ¿me entiendes Charlie Brown?
-más o menos, teniente.
-lo que quiero decir es que no eres ni Superman ni Barman…
-Batman, teniente, con “T”-interrumpió Fernández.
-eso, no eres ni Superman ni Batman…mierda, ¡ni siquiera eres Charlie Brown!
Nuevamente silencio, Diez de Julio con Carmen, doblan hacia la derecha. Luna llena.
-lo que quiero decirte, cabro chico- siguió Taiba como saliendo de un trance- es que no vas a cambiar el mundo ¿me sigues? El orden y la patria entran con sangre, no queda otra. Todos entramos como tú, llenos de ideales y la mierda y la cacha de la espada, pero después te das cuenta de que las ratas estarán siempre ahí ¿no se si me entiendes?- y tuerce el cogote para mirar el rostro y sombrío de González.
-entiendo,Teniente…
DOS A EME:
quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa quiero irme a casa
DOS CUARENTA Y SEIS A EME:
La ley entra por la calle Coquimbo avanzando hacia la costa, las ratas se esconden, las putas hacen sonar los tacos ligero sobre los adoquines, pero la ley es más rápida, la ley tiene la fuerza- es hora de tu bautizo Charlie Brown-. La ley se ríe, la ley suda, la ley apesta a mentiras, la ley sube a la puta al furgón y la interroga, la puta tiene papeles y no está infectada, el Teniente golpea a la mujer en un ojo, pero la puta no tiene seropositivo. Ella grita, pero la policía sabe cómo hacerla callar -las ratas están escondidas, nadie podrá oírte princesa-, y le quitan los calzones manchados con caca y la carne aparece blanda, irritada, y un fuerte olor a sexo inunda el furgón, pero la ley no parece inquietarse; el pelo rizado entre las piernas de la puta, pelo y más pelo y más pelo y el olor insoportable y ella intenta defenderse, pero la ley sabe cómo golpear -toma esto puta de mierda- y le abren las piernas y el olor nauseabundo y Charlie Brown baja del furgón, se apoya en un árbol y deja salir toda la mierda que le metieron dentro…
PADRE NUESTRO
Que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…-ven acá pendejo, es tu turno- venga a nosotros tu reino, y hágase tu voluntad…-ven acá pendejo de mierda, es tu bautizo ¡qué no escuchai’ acaso superhéroe!- aquí en la tierra como en el cielo; danos hoy nuestro pan de cada día – teniente, qué le pasa a esta maraca, no reacciona- y perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden- ¡responde puta!¡responde!- no nos dejes caer en la tentación –¡puta de mierda responde!- y líbranos del mal…
AMÉN.
Emilio Vilches Pino. El Bosque, Santiago-Chile, 1984. Miembro del colectivo literario Lingua quiltra.
Conmoción
Fue cosa de un instante… y sin embargo ahí estaba… sentada frente a mí, indiferente como no podía ser de otra manera.
-La constitución de los Estados Unidos, fue la primera que se sanciono… la primera de todas, consta de siete artículos nada mas. Esta seria base fundamental para la sanción de la de 1853… Decía el doctor a cargo de la cátedra de Derecho Constitucional mientras que insistentemente no dejaba de mirarla… (Sonreí)
-Luego de la revolución francesa de 1789, deviene en Francia un periodo de cierta inestabilidad, llamado la era del terror que consta del año 1793 que ocasiono la sanción de la segunda constitución…
Ella sigue allí, inesperadamente un bostezo dan marca de un pronto fastidio, mientras que su piel morena se apodera de mi, tan calida y perfecta, excelso lugar de la muerte…
-La crisis: El advenimiento de las constituciones se produce en el periodo de la primera guerra mundial que se inicia en 1914 hasta terminada la segunda guerra en 1945…
Misteriosamente su cuerpo se había trasformado en una irresistible fuente de deseos, en una confesión uniforme la imaginación suele ser en el mejor de los casos, la delgada línea que separa lo real de lo irracional, dando acabada victoria a la lascividad de las ganas, si más no sea por un instante, si más no sea para ganar alguna vez la dilatada batalla contra la soledad.
Inevitablemente sentí deseos de apoderarme de ella de forma suave y sincera, de confesarle que soy su dueño, de respirar su aliento, de morir reposado sobre su espinazo y con ganas amarla una y otra vez hasta que diga vasta y la mañana siguiente prepararle el baño para que no desgaste fuerzas, luego claro esta de depositarle la corona que por derecho inobjetable le corresponde, si mas no fuese de fantasía para explicarle que seria su incansable servidor, su cruel vasallo, y de esta forma entregarle todo lo que soy… lo poco que soy… en sus manos
-El periodo del constitucionalismo Clásico se inicia casi inmediatamente luego de terminada esta, dándole mas protección a las mujeres y los niños, con las Constituciones de Weimar de 1919 y México, aunque sancionada con anterioridad vigente hasta hoy de 1917.
Allí estaba ella… tan indefensa, tan dual… por lo pronto con sumo fastidio, causándome una vulnerable ternura a punto siempre de rendirse a sus pies, 14:45 es la hora… al levantar la vista ya se había ido.
Estación Terminal
Transcurre en la "Línea cinco del Metro". Desde la estación Parque Bustamante a la estación Bellavista de la Florida. Cuando el tren sale del subsuelo él está en los brazos de ella pero no ha muerto todavía. Se muere en la estación Departamental con los ojos vueltos hacia la cordillera. Cuando el tren vuelve a entrar en el subsuelo ella se da cuenta que está muerto no le besa todavía, le besa en la "estación terminal; Bella vista de la Florida. Entonces le cubre los ojos con un pañuelo y luego se tiende sobre sus rodillas. Juntos, siguen adelante.
Paraguas
Carmen y María se conocen el metro. Carmen viste un chaquetón largo y María un impermeable rojo que también le llega debajo de las rodillas. Carmen se enamora del paraguas de María y María de los lunares de Carmen que repiten el diseño de su paraguas. Cuatro años mas tarde Carmen está muerta y María está en la estación vestida con el mismo impermeable que Carmen usaba el día que se conocieron. Antes de lanzarse por supuesto abre el paraguas. Es un paraguas blanco con dos lunares negros; Uno al costado del ojo y el otro debajo de la mejilla.
Cesar Aguirre
. Santiago, Chile, 1980. Fue distinguido con la primera mensión honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2004. Participó de los talleres de Segio Parra en la Corporación Cultural Balmaseda 1215 y de Alejandra Costamagna en La Sebastiana. Algunos de sus textos han aparecido publicados en la revista independiente Portada Cero y en la antología SIC Premio Mustakis/Biblioteca Nacional 2003.
ANTES QUE LAS SOMBRAS FUESEN BREVES
"Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo <<tal y como verdaderamente ha sido>>. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro."
Walter Benjamin
Avanzada la noche y la ebriedad, iba riéndome solo entre los pocos transeúntes insomnes que quedaban. Iba como si errara por dentro del ojo y no tan sólo a través de las imágenes que éste producía. Iba silbando manos en los bolsillos, pateando envases de Coca Cola. Caminaba como flotando, como quien no posee miedo alguno a la hora en que los muchachos a punta de sakes y balazos convierten cada esquina en una hechiza subida hacia los paisajes afiebrados hasta el tórrido nivel situado entre los trópicos de sus cerebros y la nada. Pasaba como si saltase sin pensar de meridiano en meridiano sobre unos planos imaginarios que eran parte de algo que también giraba imaginariamente. Atravesaba a raudo cualquier espacio de la ciudad como si ese espacio y todo espacio fuese el hoyo que deja una bala en el corazón, como si dejase a tras una tragedia entera y, sin embargo no podía contener la risa, como si oiera las voces delirantes de los muertos que habitan las repúblicas del mármol, "de que te reís conchetumadre" me decían otros que pasaban tan inmanentes como yo y sentía que sus bocas al momento de abrirse hablaban al vacío, mientras la noche avanzaba y el vacío no respondía más que con una y otra risa nerviosa y macabra y seguía caminando vertiginoso como si traspasara un peligro.
Francisco Arias Cuarzo, 21 años, La florida, Chile.
Libro – bicho
Querido padre:
Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo.
Como es habitual, no supe qué contestarte.
Franz Fafka, Carta al padre.
Un paso adelante de:
El niño se enfrenta al libro. Fueron encerrados en una pieza oscura, pero el libro tiene luz artificial que lo protege de no ser tomado en cuenta / El libro se enfrenta al niño. Fueron obligados a mantener un encuentro, pero el niño tiene ideas aprehendidas que lo distraen de cualquier concentración posible. Resultado: la zona límite.
Una máquina de escribir con forma de escarabajo atormenta al niño por las noches, le dice que escriba, le pide que lea y que luego escriba, le ordena que sangre.
Existió alguna vez un castigo que enclaustrara a ambos, que los recluyera a sabiendas de su incompatibilidad. Castigo que actuó en función de que su niño fuera devorado, de que este pequeño fuese lanzado a esa carretera y que se perdiera en su inmensidad. Padre no soporta ver como la pantalla y su hijo se han convertido en espejos. Así que pide ayuda a mayores, los insectos se encuentran encargados de llevar al niño a la zona límite para poder perderlo por un tiempo y luego recobrar un adulto.
- Sabemos que conoces a la pantalla, la caja negra. Conocemos todos los pasos que has dado últimamente. Necesitamos saber cómo es que ambos al mirarse se vuelven espejos. Ayúdanos a comprender el proceso de metamorfosis que comparten. Debes cooperar con nosotros. Trabajamos para Castigo. Expresó la máquina/insecto al pequeño.
Pero el niño sabe que puede mentir en este juego, sabe que puede caminar por estos bosques de letras sin internarse mucho en ellos, cosa de olvidar el camino prontamente, así es la zona límite. El niño sabe que no es él quien está equivocado. Ni se imaginan que por sus venas no corre sangre, que lo que todos manifiestan con orgullo es su carencia.
Pero el libro sabe que puede mentir en este juego, sabe que puede fingir caminos que no son tales, y que cuando crea que se encuentra en el comienzo de un camino, realmente se halle perdido, completamente insertado en un bosque que no tiene entrada ni salida, acechado por insectos, escarabajos erotizados en la escritura, metamorfosis de objetos en bichos entregando innumerables concejos sobre el camino en la zona límite. El libro acepta todas las razones posibles y tiene muy claro que en algún lugar dentro de él se puede encontrar una razón. Como también sabe que necesita salirse de sí para poder comprender esta metamorfosis que afecta al niño y al espejo.
El niño no comprende al libro y se alegra, el castigo no supo medir la vara existente entre libro y niño. El libro comprende perfectamente que el niño ya se perdió. El libro se alegra y lo acerca a este cien pies alucinógeno, insignia de la zona límite, encargado de convertirse él también en espejo, de morir por su causa, por la paga del padre.
Un paso atrás de:
Castigado el hijo siguió los escalones subidos por el padre. De la misma manera como su progenitor fue llevado a una casa a hacerse hombre, se siente arrastrado en este momento. Padre e hijo aluden a ese proceso en que se marcó a un niño que ya no es tal en la violencia y el abuso, ambos embarcados en el tren dirección zona límite, desierto, destierro, abandono. Al subir la escalera, los dos piensan en la imagen inocente que tiene hoy el viejo que violentó a su hijo, en el cinismo que forma las arrugas del que educó en función de ver disminuida a la mujer que engendró al niño que ya no es tal. UNA RISA SIN SENTIDO ALGUNO SE ESCUCHA DE FONDO.
Pero el padre sabe que él no se equivoca, reconoce algunos errores, pero lo que se encuentra haciendo en este momento es por el bien del hijo. Ha contratado a los mejores para perderlo, seguirlo, imitarlo y entenderlo. Así que, con paso más firme aún, continúa la marcha que dirige al hijo al encuentro con el libro que habrá de educarlo y salvarlo de la contaminación que está encontrando en el mundo de afuera o dentro del espejo. Sólo comprendiendo el proceso de metamorfosis podrá recuperar a su hijo.
El niño ya sabe el encuentro que lo espera en esa pieza oscura, llena de polvo y libros, ajena, un desierto, una zona cero, una zona límite. Sabe que tendrá que enfrentarse con un texto extraño, que no es entretenido como él, y que intentará perderlo, equivocarlo como a su padre, que fue equivocado por una mujer pagada por su padre, que a su vez había sido equivocado por otra mujer que cobraba dinero por sacar a los niños del camino y perderlos. El desierto es común para ambos.
El hijo es empujado por el padre a entrar en la habitación, es forzado por éste a internarse en un camino violento, donde deberá medirse con un adversario que sabe, tiene el deber de educarlo y formarlo, de alejarlo de sus ideas de niño para introducirlo o perderlo en las ideas de un adulto. El ciempiés es un adversario de renombre, temido por muchos.
El padre cierra la puerta dejando a su hijo sentado en una silla, castigado con un libro frente a él. El padre sonríe un momento, luego recuerda cuando su padre cerró la puerta tras él y ella, y deja de sonreír.
A traspaso de:
Una madre atajó al hijo que caía con una herida abierta genealógicamente. Una mujer contuvo al niño agredido en su infancia. Niño que después del golpe perdió su sensibilidad, su tacto, su olfato. Niño golpeado en la nuca, desorientado frente a su ingenuidad. Una madre fue testigo del abuso y en secreto fue capaz de contener.
Dos niños llegaron perdidos, cansados, con su piel quemada por el sol del desierto, choqueados por la experiencia de haber pasado por la zona límite. Fueron encontrados en ambos tiempos por sus respectivas madres, fueron cobijados después del abandono formador. Las madres observaron a través del tiempo la gota de abuso que expelían a través del sudor quienes fueran sus hijos. Y pese al rechazo de ver a sus niños convertidos fueron capaces de reeducarlos.
El niño abusado abusa de la madre, luego de la mujer. La madre abusada no es capaz de educar al padre, luego reeduca al hijo, le hace perder el gusto por la carne cruda, le vuelve a dar leche. El niño golpeado por el libro rechaza al libro, no quiere sentirse invadido nuevamente, detesta la sensación de agrado que surgió en la lectura encerrado. La madre en su encierro encanta al hijo con sus relatos, la risa vuelve el niño a través de la narración, de la anécdota perdida en cuatro paredes.
La mujer se ofreció en sacrificio con tal de apaciguar al padre. Fue devorada en función de bendecir al hijo maldito por la sangre. Se olvidó de sí y sonrió cuando el hijo fue a visitarla. Una sonrisa de flores la invadió desde su lecho al enterarse recordada por el hijo, por el niño.
- Madre, hagamos nuestro truco de Guillermo Tel. Repiten los niños generación tras generación, mientras colocan un disparo certero en la frente de sus madres, absolviéndolas así de toda culpa en el desvío del niño en su camino hacia la muerte del padre.
Siempre estuve cierta de que si las mujeres nos atreviésemos a contar todas nuestras naderías, si devanásemos en la escritura lo que vivimos de puertas adentro ,sentadas en medio de la constelación viviente de nuestros objeto, y diciendo lo que sabemos de "nourritures", terrestres y cordiales, haciendo ver la mesa de todos los días, tal vez humanizaríamos este mundo, puesto a arder por atarantamientos, cegueras y locuras.
Gabriela Mistral ,"Sobre cuatro sorbos de agua".
Igor Venegas de Luca (Peñalolén-Chile, 1980). Miembro del Colectivo LINGUA QUILTRA, Licenciado en Pedagogía en Castellano de la Universidad de Santiago de Chile y estudiante de Magíster en Literatura en la misma universidad.
El juguete del niño rico
En la trastienda de una liquidación, un niño pobre se detiene a admirar el juguete de un niño rico. No se parece a nada de lo visto en televisión. Sus colores y diseños son vivos y felices. Entre los dedos de su dueño, parece un animal exótico a punto de salir disparado por los cielos. El niño rico no se despega del juguete mientras mea encima de las muñecas a precio rebajado. El niño pobre mira con asco a su madre, encargada de trapear el piso y cambiar vestidos a las muñecas.
Esa noche el niño pobre no puede dormir, el juguete del niño rico ha venido a ofrecerle compañía. Reconoce el aroma floral, el sabor frutal y la textura, aunque áspera, no impide gozar a su boca del juguete más exclusivo de la década. Durante la madrugada el niño pobre tiene una visión y se levanta. Algo dormido, camina por horas aferrado al juguete del niño rico. Se detiene frente a un reflejo y golpea el portón de la trastienda. El niño rico se presenta rabioso en la penumbra.
Antes de que los perros amaestrados terminen la carne del niño pobre, el niño rico toma su juguete y da media vuelta en busca de la bendición de papá y mamá. La liquidación arde al amanecer.
El gran nadie
para Stella Díaz Varín
No contenta con haber ignorado sus requerimientos transatlánticos en el siglo XVI a través del deprimente "busque algo que le haga merced por acá, no más", la corona española se siguió ensañando con las extremidades del Manco de Lepanto. A tanto llegó la ojeriza que avanzado el siglo XXI, los bibliotecarios del reino cansados de acumular tanta comedia sin éxito rebautizaron al manchego como el Tronco de Reparto. La lápida q.e.p.d. y punto final a la seguidilla de batallas perdidas la puso una maquinita "cuarto centenario" encargada de leer con su poderoso láser los manuscritos más amarillentos y encomiadores del cervantismo para luego subirlos a una maquinita "ultimátum" conectada al espacio virtual. En un mal día, la máquina real leyó un homenaje al ex-presidiario donde se podía seguir: "Miguel de Cervantes, el gran padre del idioma castellano" pero la antojadiza y ebria máquina subió: "Miguel de Cervantes, el gran NADIE del idioma castellano".
Algunos navegantes se han encontrado con el gran nadie por ahí, y no lo reconocen, saben que entre un padre de la lengua y un don nadie, no hay diferencia, y sin empacho copian la frase, la imprimen, la plagian, la editan y sacan su tajadita del tronco.
Película de terror con año nuevo
Uniformados esperamos el año nuevo. Bañados y peinados hace una hora, hemos dispuesto una mesa con amuletos y vasos. Escuchamos el mensaje de la autoridad. Un pariente venido de región lejana no para de gritar y arañar, es un cacique que combate fieramente al wecufe de las brasas. Las mujeres cocinan como en año viejo, los hombres sacan cuentas como en año viejo. Nos avisan que viene el año, lo ven venir por cadena nacional. Mi padre dice que debemos curtir el ánimo, en todas las casas se han uniformado e izado la bandera. Comienza la cuenta regresiva para la explosión de júbilo. 7, 6, 5, 4, el reloj del comedor se detiene."Es una mala hora" nos lamentamos y aguardamos los gritos del vecindario. No se escuchan brindis ni fuegos artificiales a lo largo y ancho del reino.
Richard Astudillo. Estudiante del Programa de Doctorado de la Facultad de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile.
De cuentos para niños
La muerte del padre
Después de enterrarlo en el patio, nos miramos a los ojos y sin decirnos nada nos abrazamos como nunca antes, no cupía una palabra en ese espacio, decir alguna, hubiese sido mentirnos; sabíamos que la misma sensación de haber perdido y habernos liberado de algo nos invadía, una sensación extraña mezcla de pavor y a la vez como sexual, placer implícito, había en aquel acto de dar muerte a ese otro del que tanto anhelábamos su desaparición; la que pensábamos acabaría con gran parte de nuestras rabias y resentimientos. Finalmente nada de esto pasó, lo que sí sucedió es que desde ahí en adelante fuimos menos ansiosos, no sé si más felices, menos ansiosos sí, no sé si más felices.
Alexis Donoso González 1980 (Santiago, Chile)
Ojo rojo del universo
Abrir los ojos sin tenerlos cerrados. Como si fueran dos extremidades infinitas, y romper el cielo, por falta de afecto o quizás miedo.
Sin buscar encontré algo: mis ojos rojos frente al espejo. Y quién lo diría, tú aquí apoderándote del olor a cama recién tendida; y quizás mañana yo no sepa deshacerme del tuyo.
Vuelvo a mirarte, para distraerme o no mirar tantas cosas que hay en esta pieza. Puntos fijos sin retorno, ideas locas sobre el universo, pero tú no eres parte de eso, así que vuelvo a mirarte. Lo veo claramente: "el frío es malo", por eso nos entramos; caíste, abrazaste con ímpetu la almohada y ahí estás.
Invierno: día domingo después de lluvia; nadie en la plaza. Volamos, caemos, volamos nos sentamos: "el frío es malo" me dices. Se me congelan los huesos, mientras te hablo estupideces y tú siempre tan viva a pesar de este frío maldito. Todo esto parece un montaje; una escenografía para un cuento sobre teorías y malos amores. La luz de un foco reflejada en una posa de agua, se hunde. Los perros congestionados por la jaqueca y el hambre; no es un lugar para hablar de estas ideas.
¡Nos observan! Alcanzo a escuchar mientras miro mi casa desde la banca; anhelo mi cama o simplemente la idea de estar abrigado, protegido por un techo. En fin, te creo. Nos observan desde lo alto del cerro. Pienso: El ojo rojo del universo; Nogales a eso de las seis; recorrido de invierno, desde el liceo hasta la barraca; sí, me observaban.
¿Quiénes? Desconozco. Sólo se que nos observan. Volamos, caemos, nos sentamos, cada vez más perplejos y sumidos en el silencio. Cada palabra nuestra debe estar perfectamente pronunciada y dar con el significado exacto que nuestro cerebro requiere expresar en un momento preciso. La conversación se vuelve un tanto mecánica. Me enfurece saber que nos observan, pero me alivia saberlo, porque ellos desconocen esta situación: Sólo nos observan, y nosotros lo sabemos.
¡Nos escuchan!, pero no leen nuestras mentes. Y qué importa, si del universo ellos no tienen idea. Observan y escuchan, por necesidad. ¿De qué? Desconozco. Entonces, cuando maldije con los ojos llenos de lágrimas ¿me escucharon?; sentado a mitad de la cuadra ¿me divisaron?; descalzo y con el pelo corto ¿me ignoraron?; orinando en un árbol y escupiendo al suelo ¿me censuraron?; volviendo tarde a casa ¿me despreciaron?
Gracias a ti, se que nos observan, nos escuchan, pero que no leen nuestras mentes. Lo sé porque no se están riendo de mí ahora. Si tú supieras, porque ellos deberían reírse de mí; más bien si tú supieras lo que imagino cuando te veo. Pero el frío es malo, y mi habla se vuelve forzosamente una lápida congelada, y me callo. Mis ojos rojos me delatan, a pesar de que no los abro ni siquiera los cierro. Me delatan porque me observas, me escuchas y crees saber lo que pienso. Así que corremos, nos escondemos, pero no nos besamos. Si tan sólo pudiera abrir los ojos sin tenerlos cerrados, como dos extremidades infinitas, y así atravesar los tuyos, por falta de afecto o quizás miedo; no me callaría lo que siento cuando te miro.
Rodrigo Bourguet
(1983), músico, miembro de Colectivo Lingua Quiltra, intregrante del duo THE PEREIRAS, estudiante de Licenciatura en Pedagogía en Castellano en la Universidad de Santiago de Chile, sus relatos han aparecido en distintas webs y revistas en papel.